Los bollos con nata

by Julen

De pequeños, en casa concurrían dos circunstancias que se desembocaban en un momento mágico. Unos primos de mi madre regentaban una panadería. Así que, de vez en cuando, aparecía por casa una colección de palmeras, bollos y otros productos de ese estilo que nos habían traído como regalo en alguna visita. Por otra parte, en casa teníamos vacas de las que obteníamos leche. Y de ahí, la nata.

Creo que uno de los manjares que de niño apreciábamos más era aquella combinación mágica: un bollo que abríamos por la mitad y en el que depositábamos la nata que se obtenía al cocer la leche que daban las vacas. Era algo sublime. Quizá el recuerdo incluye el toque mágico de la excepcionalidad. No era una merienda habitual ni mucho menos. Eran días contados. Pero vaya momentos.

Aquella nata no era, por decirlo de alguna manera, «uniforme». La más sencilla de obtener era la que quedaba flotando tras la cocción. Pero luego había otra, la que se pegaba a las paredes interiores del cazo en el que se había cocido. Presentaba otra textura, diferente, más endurecida. Combinar aquellos dos tipos de nata era todo un arte. Aunque, por supuesto, lo mejor era hincarle el diente.

Creo que tanto mi hermana como yo lo entendimos siempre como un manjar infantil. Puedo cerrar los ojos y ver la nata. Puedo sentir cómo, pasando una cuchara por debajo, la extraíamos para depositarla encima del bollo abierto. Ahora todo aquello es solo recuerdo. No sé si las niñas y niños de ahora, en algún lado de este civilizado mundo, podrán hacerlo. Si no es así, una lástima. Porque allí quedó encerrado uno de los grandes placeres de nuestra infancia culinaria.

Imagen de Cally Lawson en Pixabay.

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