Nuestros collares hippies

by Julen

La primavera siempre llegaba como una estación especial. La huerta y las campas de alrededor de nuestra casa comenzaban llenarse de flores, que hacían su particular agosto. A la vista, no cabía duda alguna, era la estación más agradecida. Entre otros regalos, llegaban las txibiritas (también lo he visto escrito como txiribita), que siempre asocié a la llegada del buen tiempo. Las txibiritas eran verdaderamente un motivo de alegría.

Al margen del regalo que suponían para nuestros ojos, aquellas txibiritas eran la materia prima de una muy especial bisutería infantil. Primero les arrancábamos el tallo para dejar solo la flor y luego, con aguja e hilo, íbamos traspasando su corazón quedando todas alineadas de forma que el hilo o la cuerda nos hacía las veces de soporte mientras que un buen número de txibiritas quedaban cosidas, muy prietas una detrás de otra. El resultado final era espectacular.

No había distinción alguna de sexos. Aquellas obras de arte infantil servían igual para chicas y chicos. Eran el resultado de un ejercicio de paciencia. Pero lo bueno era que las txibiritas brotaban a miles en las campas cercanas. Aquella alegría que traían consigo quedaba incorporada en nuestros collares y pulseras. De alguna forma, representaban la antesala del verano, la antesala de las vacaciones.

En casa era el típico juego que nuestros padres y abuelos veían con buenos ojos. Era sencillo y bonito. No hacía falta que nadie nos ayudara. Nos bastábamos para llevar a cabo todas las tareas que requería el proceso hasta llegar al adorno final. A ver cuándo tengo oportunidad de enseñar esta «depurada» técnica a mis nietos. Debe pasar de generación en generación, ¿no? Solo necesitamos txibiritas.

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