La estética del tapete

by Julen

Nuestra casa estaba (y sigue estando) llena de tapetes. Por todas partes. Cualquier superficie era digna de merecerlos. Daba igual que fuera un sofá, una mesa, un electrodoméstico o una estantería. El tapete era el adorno por excelencia. Supongo que era la forma en que reivindicar que la tiranía de lo funcional también dejaba hueco a lo estético.

Todo venía a cuenta de esa habilidad que las mujeres de aquel entonces debían desarrollar como parte de su femineidad. Coser era una tarea que se les asignaba porque sí, porque alguien había decidido que aquello casaba con su carácter. Una actividad tranquila, paciente, de habilidad manual, pensada para que el tiempo se deslizara entre los dedos.

Las habilidades en torno a la costura proveían, además, un amplio abanico de opciones. En casa mi recuerdo es, sobre todo, el ganchillo. Pero era solo la punta del iceberg. Detrás quedaba la costura más pegada a la necesidad: remendar todo lo remendable o hacer jerseys, chaquetas, manteles, colchas o un sinfín de creaciones que poblaban todas y cada una de las habitaciones.

Sin embargo, la obra que germinaba a partir de la paciente dedicación al ganchillo se acercaba a los lindes del arte. Aunque se quisiera dotar al tapete de funcionalidad, siempre pensé que aquello era otra cosa. Sí, el tapete era reivindicación, el tapete era habilidad y manifestación artística. La finura que exigía aquel trabajo lo trasladaba a otra categoría. Era estética. Entendida desde una circunstancia particular: la estética del tapete.

Imagen generado por IA vía Bing.

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