La rasqueta de las vacas

by Julen

Cuando era pequeño en casa teníamos vacas, normalmente dos. Tenían su cuadra aparte, junto con la burra. Eran vacas lecheras y, con diferencia respecto al resto de animales (conejos, gallinas o palomas), su estatus en la familia era muy elevado. Las vacas se dedicaban, día sí y día a también, a pacer. Había que conducirlas a alguna de las campas que teníamos para que pasaran sus horas mordisqueando hierba.

Normalmente para ello iban a campas que quedaban bastante cerca de casa, pero si por alguna razón debían atravesar el pueblo, entonces era el momento de limpiarlas. Para ello usábamos una rasqueta muy particular, con púas muy duras que permitían arrancarles la mierda adherida a su piel. Las vacas, a veces, eran muy guarras y no les importaba para nada tumbarse encima de alguno de sus excrementos.

Las boñigas formaban parte de lo que implicaba tener dos vacas en casa. Eran, además, abono. Todavía hoy es el día que no me genera ningún asco su olor o incluso, cuando están secas, su tacto. Aquella boñiga seca vivía pegada también en la piel de nuestras vacas y, muy especialmente, en su rabo. Aquellos rabos juguetonas te podían soltar un buen viaje; de ahí que había que sujetárselos de vez en cuando, según la tarea.

El rabo exigía dos trabajos: esquilarlo de vez en cuando y, como digo, pasarle la rasqueta. Y esto era un trabajo que me dejaban hacer. Con prudencia y cuidado, siempre hablando con la vaca (algo que sigo haciendo hoy en día cuando veo alguna cerca), había que aplicarse y rascar con fuerza. Porque aquellas boñigas secas, pegadas al rabo, requerían un trabajo meticuloso. Si iban a pasar por el pueblo entonces no había duda: las vacas de Valentín debían ir bien aseadas.

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