La polea

by Julen

Cada año traía sus ciclos regulares. Uno tenía que ver, a comienzos del mes de julio, con la siega de la hierba para hacer fardos y luego subirlos al camarote. Esa era la comida para las vacas en la época invernal. Quizá, de todas las tareas relacionadas con la huerta y los animales, segar la hierba, secarla, hacer los fardos y luego subirlos al camarote era la que implicaba movilizar más tiempo y recursos.

Esta tarea traía consigo montar la polea, engrasarla y ayudar para irlos metiendo al camarote. Fardo a fardo, cada uno se iba enganchando con una cadena y después había que tirar de la cuerda desde abajo. Por supuesto, eso lo hacían los mayores, pero si desde arriba mi abuelo contribuía a tirar con fuerza de la cuerda, yo, desde abajo, podía también contribuir a que el fardo se izara hasta el balcón por el que terminaban entrando en el camarote.

La polea solo se empleaba para aquel fin. Después de usarla, se recogía y a esperar hasta el año siguiente. Por eso, en cada ocasión, había que engrasarla, aunque el chirrido que producía (algo inevitable, supongo) se ha quedado a vivir muy nítido en mi memoria. Subir los fardos era la última de las tareas que implicaba la siega anual. Era algo así como el fin de fiesta. Al menos para mí.

El camarote, con los fardos recién metidos allí, olía también de manera especial. La hierba seca, apresada dentro del fardo por el par de alambres con el que lo cosíamos, desprendía un olor muy característico. Por cierto, luego, los fardos se iban consumiendo uno a uno. Entonces, mi abuelo simplemente lo cogía, lo sacaba al balcón y lo lanzaba desde allí hasta el suelo sin más miramientos. Una cosa era subirlos, y ahí la polea era imprescindible, y otra bajarlos.

Imagen de Ranjat M en Pixabay.

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