Andar los caminos

by Julen

De niño, hasta que no llegó el Seat 124 a casa, mis territorios quedaban limitados a aquellos lugares a los que se podía llegar caminando. Por supuesto, teníamos plan B porque a veces me montaban encima de la burra y entonces quien caminaba era ella. Podía ser que hubiera un asiento reservado solo para mí o que mi hermana viniera al lado. En el primer caso se trataba de ir a hacer hierba mientras que en el segundo se trataba de ir a comprar al economato de la Babcock Wilcox en Salcedillo.

Caminar era lo lógico, lo que que había que hacer día sí y día también. Había que ir a las escuelas, había que ir a jugar al fútbol a alguna campa cercana, había que bajar a San Salvador del Valle (hoy Trapagaran) a comprar tebeos o a comprar chuches donde Rufina. El universo se constreñía ante aquella limitación: lo que andabas era lo que conocías.

Ahora que lo pienso, el sentido de territorio incluía lugares muy bien definidos porque formaban parte de nuestra lógica de desplazamiento. Pienso en barrios como Sanfuentes, el Alto Garay, Cabieces o Pando. Pero también incluyo pueblos como Portugalete, Sestao o Trapagaran. Por diversos motivos, eran pueblos a los que íbamos andando, cada cual por su camino, normalmente apartado de la carretera de los autos.

Aquel caminar sigue siendo posible, aunque la orografía del terreno se ha transformado radicalmente. Las grandes infraestructuras, en forma de autovías, de barrios de chalets adosados o de centros comerciales, han ganado terreno al camino tradicional. Ya no se camina por caminos, valga la redundancia. Se camina por donde alguien, mejor o peor, ha planificado que hay que hacerlo. Antes, ya lo sabíamos, el camino se hacia al andar.

Imagen de Madalin Calita en Pixabay.

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