Mi melocotonal

by Julen

De pequeños, mi abuelo dejaba que sembráramos árboles. En el terreno cultivable más cercano a nuestra casa siempre había hueco para algunos frutales. Allí aparecían, junto a la zona dedicada a las patatas, las cebollas, los ajos o las habas, los arbolitos que mi hermana y yo se suponía que plantábamos. En mi caso, mi abuelo siempre me decía que había un melocotonal que era cosa mía.

Siempre lo llamamos melocotonal, aunque, por lo que veo en la RAE, el nombre correcto debía ser melocotonero. En fin, sea como sea, allí había un árbol que nos daban melocotones. Se supone que mi abuelo se encargaría de que, de niño, hiciera lo que hacía falta para que la planta arraigara en el suelo. Porque mi melocotonal, por supuesto, daba muy buenos melocotones.

A su alrededor recuerdo que había un peral y un ciruelo. Hoy ese lugar lo ocupa un limonero, que suele portarse muy bien: casi siempre está cargado de limones, más o menos maduros. El melocotonal no requería de ningún cuidado especial, hasta donde soy capaz de recordar. Eso sí, mi abuelo y yo hablábamos mucho con él. Porque con las hortalizas, con los árboles o con los animales, siempre se hablaba.

Creo que esa conexión que manteníamos con aquellos frutales estructuraba una cierta relación íntima con lo que para nosotros era la naturaleza. En nuestro caso no había que pensar en grandes bosques, en ríos inmensos o en otras manifestaciones grandilocuentes. Nuestro vínculo era de menor calado, más simple: era una cuestión de dejar caer un hueso de melocotón donde y cuando dijera mi abuelo que había que hacerlo.

Imagen de Alicja en Pixabay.

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