La trompa

by Julen

Me veo cargando la trompa con aquel cordel que terminaba con una moneda agujereada para hacer de tope. Bien prieto el cordel, en torno a su forma cónica, el arte consistía en lanzarla a toda velocidad girando sobre sí misma con la fuerza suficiente para que bailara al llegar al suelo. Fascinante a aquella edad.

Por aquel entonces, en plena segregación por género, los chicos —creo que casi con exclusividad— éramos quienes jugábamos a la trompa. En mi historial puedo dar fe de que tuve unas cuantas. Sin embargo, nunca fue un juego en el que destacara. Sí, como todo niño que quisiera sentirse aceptado dentro de su cuadrilla, yo sabía jugar a la trompa. Pero mi destreza era la justa para no desentonar.

Recuerdo que incluso en las fiestas del barrio y en las de los pueblos vecinos a veces se ofrecían exhibiciones de trompalaris. Aquello era otro nivel. Claro que aquellos eran señores mayores que hacían malabarismos con la trompa, capaces de hacerla bailar en sitios inverosímiles. No, lo mío nunca podría llegar a aquel nivel.

Yo tenía la habilidad básica como para hacer bailar la trompa en el suelo y luego llevarla a la palma de la mano. Solo había que hacerla subir entre el dedo anular y el corazón. La veía girar sobre mi mano mientras me producía un suave cosquilleo. Pero nunca fui capaz de pasar de allí. Normalmente, el juego continuaba disparando la trompa desde la palma de la mano hacia algunos pequeños objetos que hacían de diana. Todavía queda alguna que otra trompa por casa.

La imagen está tomada de unicornio22.wordpress.com.

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