La chimbera

by Julen

Supongo que vivir en un pueblo hace cincuenta años, con huerta y animales alrededor, traía consigo algunas costumbres que hoy cuesta asimilar. En casa nunca sentí que nadie tuviera afición a las armas, ni mucho menos. Pero creo que allí, de niño, tener una chimbera te hacía feliz. Había que cazar pájaros. Y eso se podía hacer de diversas maneras. Una de ellas era con una escopeta de aire comprimido. Lo que aquí siempre llamamos chimbera.

Sí, de pequeño me compraron una. Era de las típicas que se empleaban también en las barracas y que disparabas intentando acertar a los palillos para ganar algún que otro peluche. No sé muy bien qué edad tendría, pero no mucho más allá de los diez años cuando me la regalaron. Por supuesto, no era el único niño al que se la compraban. Disponer de aquel artefacto, claro está, otorgaba estatus.

La primera obligación consistía en afinar la puntería. No era cuestión de fallar en el objetivo. Para eso había que practicar por los alrededores de casa, probando a disparar a una curiosa colección de sufridos objetos: latas, chapas de diversos tamaños y, por supuesto, también palillos. Allí fue donde me di cuenta, no me digáis por qué, que mi destreza con la chimbera dejaba mucho que desear.

Con el tiempo, la chimbera fue quedando en el olvido, menos mal. Los pajarillos de la zona lo agradecerían. Aunque, a fuerza de ser sincero, apenas si soy capaz de recordar que alguna vez les acertara.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

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1 comentario

Josu Orbe 11/10/2022 - 12:35

Yo nunca tuve una; mis amigos si, pero a pesar de que a mi Aita le gustaba la caza nunca debi mostrar interés por lo cinegético.

Me acuerdo cuando empuñé un arma «de verdad» por primera vez y no fue en la mili pues no la hice. Mi Aita me quería enseñar a disparar su escopeta de dos cañones que utilizaba para la sorda (oilogorra). Preparamos la escopeta y a falta de latas, un petirrojo (txantxangorri) descansaba en el alambre de espino que hacía las veces de cerco para las vacas de la familia. Aita preparó la escopeta, me la pasó, me la aloje fuerte en el hombro y ¡pum! Adiós txantxangorri. No he vuelto a coger la escopeta en mi vida.

La chimbera de las ferias si pero no tenía tanta puntería … se decía que estaban trucadas.

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