Jariguay en vaso único

by Julen

El recreo en el colegio era de media hora. Daba tiempo a jugar algún partido, comerse el bocadillo y pasar por el bar. Entre las liturgias con las que había que cumplir en aquel local se incluía beber jariguay. La escena incluía hacer cola, pegarse de forma más o menos violenta y finalmente ingerir de un trago aquel líquido que podía ser de naranja, limón o cola. Eso sí, en un mismo vaso: beber, dejarlo sobre la barra y que pasara el siguiente. Esa era la liturgia.

Hoy piensas en aquellas prácticas y casi parece imposible de aceptar. ¿Normas higiénicas? No sé cuáles serían, pero desde luego que nuestro umbral de tolerancia era mucho mayor. Beber el jariguay en aquel único vaso era lo normal. No había por qué preocuparse; siempre había sido así.

Había días en que algún cura se daba una vuelta por el bar a la hora del recreo. Como quiera que sí o sí encontraban bronca en la cola del jariguay, allá que iban a repartir algunas toñejas. O algo más serio. Dependía en parte de quién apareciera por allí. Lo peor es que aterrizaran el Pascual o el Paulino. Entonces, ya te podías preparar, porque alguien terminaría, con toda probabilidad, llorando.

Sin embargo, no me digáis por qué, no era demasiado frecuente que semejantes bestias pasaran por allí (me refiero al Pascual y al Paulino). Así que al día siguiente de las hostias de los curas, volvíamos a la misma bronca para hacer la cola del jariguay. Hoy, desde la distancia, creo que en el fondo los curas querían asegurarse de que cuando bajaran al bar en el recreo podrían repartir toñejas y plastazos. No podían bajar todos los días porque se les acabaría el chollo. Ya veis, una perversión como otra cualquiera.

Imagen de tookapic en Pixabay.

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