La paleta

by Julen

En el patio de las escuelas supongo que hacíamos lo que teníamos que hacer. Éramos niños y en ello va implícita cierta inconsciencia. Jugando con una goitibera, cuando estaba en primero de EGB, me partí un diente, así, por la mitad. Era una de las paletas centrales. Y se convirtió en mi marca personal durante muchos años. Cuando todavía la ortodoncia no era el negocio que es hoy en día, no había forma de que aquella paleta volviera a lucir como antes.

En las escuelas teníamos dos patios: uno arriba, encementado, y otro abajo, más asalvajado. En el de abajo recuerdo que jugábamos a las canicas y a cualquier cosa que pudiera aprovecharse de la tierra, el barro, las hierbas, las piedras o lo que quiera que había allí. Arriba, en cambio, estaba el patio «oficial», el que servía como lugar lógico para desfogarse a base de gritos, carreras y juegos más o menos estructurados. Casi siempre con vigilancia de los docentes.

El accidente tuvo lugar en el patio de arriba y, la verdad, no recuerdo que mi media paleta apareciera por lado alguno. Allí quedaría, escondida en una esquina, como ejemplo de lo que aquellos mozalbetes eran capaces de dejarse en sus juegos. Tampoco recuerdo mucho drama alrededor del suceso. Seguro que en casa me llevé una buena reprimenda por ir dejando cosas tiradas sin recoger por cualquier lado. Pero nada más.

Muchos años después, la casualidad quiso que, viviendo ya en Bilbao, tuviéramos un dentista en el primer piso. El roce hizo la confianza y un día me dijo que cómo era que no resolvía lo de aquella paleta. Visto y no visto. De repente, la paleta volvió a disponer de su forma más o menos original. Sigo con ella. Benditos los avances con el pegamento y las prótesis.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

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