Sombras de la nada, de Jon Arretxe #NovelaNegra 52

by Julen

Esta es la tercera reseña que dedicamos a la saga de Touré, el detective de Burkina Faso que Jon Arretxe ha puesto en escena para mostrar, entre otras cosas, la forma en que la comunidad africana vive en el barrio de San Francisco, aquí en Bilbao. Con la lectura de Sombras de la nada detendré, por el momento, la serie. Todavía quedan cinco más por leer, pero ya llegarán en su momento. Por ahora, dejamos aquí a un Touré que —sin hacer demasiado spoiler— no termina de muy buena manera sus investigaciones en torno al tráfico de niñas y niños de origen africano.

Y es que la vida de Touré no termina de asentarse. Continúa sin conseguir sus papeles y eso condiciona su libertad de movimientos. La Ertzaintza está ahí para vigilar y, a la vez, presionarle con el fin de que se haga confidente. Pero lo que está en juego en sus pesquisas es demasiado importante. Su hija Sira viene de París en tren. Sin embargo, no llega a Hendaya, como estaba previsto. Ahí arranca Arretxe la trama de esta tercera novela, la que le conduce, no cabe duda, por el lado más oscuro.

Ya he comentado en las anteriores reseñas que las novelas de Touré sirven para aprender sobre cómo funciona la comunidad africana en Bilbao. En esta novela, por ejemplo, nos describe cómo se celebran las misas africanas, una vez al mes. Ellas acuden con sus llamativos vestidos multicromáticos y ellos con sus trajes. Arretxe nos cuela allí dentro de la mano de Touré. Sin embargo, poco a poco, la novela rueda por los sinsabores más extremos a los que un ser humano puede enfrentarse, los que tienen que ver con la familia propia. Y, mientras tanto, soportando el desprecio y la incomprensión de tanta y tanta gente blanca.

Osmán me pidió que lo ignorara, pero me costaba, porque entre todos los tipos de racismo que aguantamos los africanos, ese es el que más me revienta, el que ejercen los antiguos emigrantes hacia los nuevos. Estoy harto de soportar desprecios de este tipo en San Francisco, de boca de forasteros que en su día acudieron a las minas de Miribilla rogando un puesto de trabajo; y otro tanto me sucede en otros barrios de Bilbao, llenos de obreros que vinieron a ganarse el plan en las fábricas hace muchos años. Todos llegamos huyendo de la miseria, pero parece que a algunos se les ha olvidado, y en vez de mostrar un mínimo de solidaridad con nosotros, prefieren hacernos pagar los desdenes que, seguramente, ellos sufrieron antes.

En fin, esta novela termina mal para Touré, de la peor manera posible. Su lectura ha coincidido, por cierto, con una noticia muy triste: la muerte de Javier Abasolo a los 65 años. No hace mucho asistía a la presentación que hacía de la última novela de Javier Díaz Carmona, Justicia, y tenía la oportunidad de charlar con él. Era, desde luego, un hombre muy querido en el ambiente de la novela negra en esta zona. Uno de los pioneros. Nosotros reseñamos en su día La luz muerta, la segunda novela que Abasolo dedicó a Goiko, su detective. Entonces escribíamos:

Abásolo es un autor prolífico. Porque más allá de estas cuatro novelas de Goiko, ha escrito otra decena de obras del género negro. Ahí es nada. Así que estamos ante alguien que maneja bien la trama y que, como nos sucedió cuando leímos Justicia, de Javier Díez Carmona, nos hace callejear por un Bilbao en el que también hay asesinatos y delincuencia organizada. Sí, de esa que, por supuesto, te invita a comer en la Bilbaina.

Una lástima la pérdida. D.E.P.

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