Las canicas

by Julen

Las canicas representaban mucho más que un juego. Primero porque según cuáles tuvieras tu estatus en el grupo era uno u otro. Las había de diferentes tamaños y con diversos dibujos. A mí siempre me gustaron las pequeñas y de un solo color. Pero tampoco le hacía ascos a otras con las que, no sé muy por qué, jugaba bien. Cosa de brujas quizá, pero las había que te hacían mejor o peor jugador. Luego, claro está, si jugabas bien todo era más fácil en aquel frágil ecosistema infantil de barrio.

Alrededor de las cánicas se organizaban varios tipos de juego. Por supuesto, requerían técnicas distintas. Espero que alguien haya profundizado en semejante complejidad. Incluso no era lo mismo jugar en una superficie lisa como el cemento o en otra que aceptara los relieves del terreno. Servía cualquier lugar siempre que no hubiera gente que molestara.

De todas formas, el juego por excelencia era el guá. Todo pasaba por aquel agujero que hacíamos en la tierra y que daba paso a los diferentes rituales. Las reglas eran las reglas. La forma en que disparábamos las cánicas era todo un arte. Nuestras manos tocaban el suelo. Con el apoyo del dedo meñique, el pulgar y el índice hacían las veces de artillería. Las cánicas se iban dispersando, pero siempre había que volver allí, al guá. Ganaba quien primero volvía dentro con su cánica.

Decir también que conocí cierto tráfico de cánicas. Las había que valían más que las demás. Podías cambiar una por varias. Yo las compraba en la tienda de Pacomoro. Lo mejor es que todavía tengo algunas en casa de mi madre. A ver si me acuerdo algún día de echarles un vistazo, que no piensen que me olvido de ellas. Supondría una desealtad inadmisible.

Imagen de Melk Hagelslag en Pixabay.

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