La mochila

by Julen

¿De qué forma aligerar carga? Austeridad emocional. Una mochila en la que cabe todo. Repasas y es evidente que solo lo básico podrá entrar allí. Todo a golpe de vista, encerrado en su espacio correspondiente. Y enseguida se convierte en la mecánica de la vida. Terminas la etapa. Las cremalleras liberan la presión. Allí está todo. Cada cosa en su sitio.

Supongo que tiene algo de liturgia. Son días en los que las pupilas se dilatan porque el entorno requiere una atención especial. El camino lo exige. Avanzas metros. A veces más deprisa, otras casi como si fueras a pie. La vista se detiene en detalles. Por mucho que lo planificaras, cuando llega el momento la sensación es única. La descompresión continua. Sientes cómo el mundo se hace más y más simple.

Te levantas al día siguiente. De nuevo la mecánica del empaquetado. La mochila marca la frontera. Un Barrio Sésamo muy particular: dentro y fuera. Allá dentro algo que podrías calificar como imprescindible. En realidad es una extraña mezcla: lo simple y lo sofisticado van de la mano. Repasas la lista. Está todo. De nuevo a mover los pedales. De nuevo a espabilar los sentidos. Otra jornada.

Y un día llegas al final. Curiosamente el final es un lugar que no acabas de entender del todo. La mecánica también termina. El mundo se vuelve a ensanchar. Una mochila empequeñece y simplifica. El final la recluye al fondo del armario. La mochila se oculta con sus paradojas. Cambias el pedaleo. Miras alrededor y los objetos se multiplican. La descompresión termina. Vuelta a empezar.

Imagen de Jan W. en Pixabay.

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