La edad

by Julen

WatchesEl tiempo se fijó en su rostro. Cayó en la cuenta de que podía ser un buen lugar para habitar. Aquella piel parecía maleable, dúctil, comprensiva con sus necesidades expresivas. Así que sin mucho preámbulo pasó a compartir horas y más horas. El tiempo siempre andaba buscando huecos por los que manifestar que la vida avanzaba hacia la vejez.

Ella, sin embargo, no era tan consciente del paso del tiempo. Aquel espejo, su segunda morada, se empeñaba en no manifestar grandes alteraciones pese a que todas las mañanas compartían intimidades. Solo algún comentario de gente de su entorno la prevenía contra un futuro que para ella siempre era presente. Hasta que aquel día se miró de otra forma y observó cómo el tiempo la había arrugado.

La mirada seguía siendo la de siempre. Los ojos vivos, chispeantes, mordaces. Descubría en ellos una contradicción con todo lo que los rodeaba. Aquella permanente juventud se veía sitiada por muestras de que, ahora sí, el tiempo había hecho bien su trabajo. Había perdido la cuenta porque siempre se autoargumentaba que la edad no era física sino de otra índole, algo más relacionado con su percepción. Pero las sensaciones aquella mañana fueron otras.

Por fin, la edad. Pensó que siempre sería sinónimo de joven, pero ahora había que reconocer otro estatus. No, no es que se enfadara porque el significado cambiaba. Era solo una cuestión de que necesitaba tiempo para aceptarlo. Pero el tiempo era el que mandaba. El tiempo era el que fijaba la edad. Y el tiempo se empeñaba en apoderarse de su vida, del que ella solo quedaba ahora como un rehén.

Claro que otra mañana se obró el milagro y cayó enferma. De síndrome de Estocolmo. El tiempo sería ya para siempre su aliado.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.