Paula Badosa y el Athletic de Bilbao

by Julen

Hace ya unos cuantos años tuve la ocasión de conocer la experiencia de trabajo de María Ruiz de Oña con el Athletic de Bilbao. Entonces teníamos un máster en gestión deportiva en la universidad y ella nos contó cómo trabajaba con la plantilla de entrenadores del club. Estuvo allí 20 años. En su presentación en LinkedIn se presenta como «Experta en el desarrollo de una cultura de aprendizaje en el Fútbol Juvenil de Alto Rendimiento». Estos días me he acordado bastante de algo que me explicó en su día. Tiene que ver expectativas. Y de ahí la conexión con declaraciones recientes de Paula Badosa, la reciente ganadora del torneo de tenis de Indian Wells a sus 23 años.

No recuerdo exactamente la cifra, pero de las niñas y niños que comienzan su formación futbolística en Lezama, en las instalaciones del Athletic, muy pocos alcanzarán el primer equipo. Si no estoy equivocado, menos del 5%. Por supuesto que los progenitores en muchas ocasiones ponen su esperanza en torno a esa criatura que ha entrado en la rueda de los elegidos. ¡Está en Lezama! ¡Forma parte de la cantera del Athletic! La realidad es que en la inmensa mayoría de las ocasiones se quedará en el camino, sin llegar a La Meca. No, no jugará en la Catedral del fútbol.

Hace más de dos años Paula Badosa compartió este tweet:

En sus declaraciones recientes tras ganar Indian Wells hablaba de las expectativas que rodean a quienes, siendo adolescentes, alcanzan grandes logros deportivos. Ella ganó el Roland Garros juvenil en 2015. No solo es cuestión de cómo cada cual se autoexige, sino de que el entorno también aprieta. Puede ser la familia o pueden ser los medios de comunicación. Llegar allá arriba a una edad joven genera la expectativa de que estamos ante una futura figura planetaria del deporte. Pero, claro, esa presión no es para todo el mundo.

Siempre he considerado el deporte de élite como un cocedero de gente no demasiado sana. En la actualidad los ídolos del deporte terminan engullidos dentro de las lógicas del marketing más salvaje. Su imagen pública se convierte en muchos casos en una fuente de ingresos que hay que gestionar. No es su vida, es alguien, un equipo de profesionales, que está ahí para extraer réditos del potencial mediático que atesora la figura en cuestión. El deporte va por un lado, pero a su lado el marketing es tan relevante o más. Ser buena deportista no equivale a ser buena persona en su más amplio sentido. El efecto halo, un sesgo cognitivo muy habitual, nos hace caer en la trampa.

Lo lógico es que una inmensa mayoría de deportistas se queden en el camino del éxito, entendido este como entrar en los ránikings mundiales a un buen nivel. La estadística está para lo que tiene que estar. Allá arriba en el pódium solo hay sitio para tres. Y depende cómo se hayan dado las circunstancias, quienes ocupan el segundo y el tercer peldaño pudieran ser unos fracasados. Aunque detrás tengan a miles y miles de deportistas que nunca llegarán a su nivel. Todo son comparaciones. El rankismo tiene estas cosas. La competitividad es ley sagrada, lo siento.

Paula Badosa ha dado un paso muy bonito ahora que está en la élite y acaba de ganar un gran torneo de tenis. Ha mostrado su vulner(h)abilidad. Lo pasó mal. Quién sabe, quizá lo vuelva a pasar. El camino es complicado y de vez en cuando nos atragantamos por una presión que nos supera. Ella ha dicho que recurrió a ayuda profesional. Ha naturalizado esta necesidad. Muy bien por ella.

Creo que, en general, llevamos mal lo de «no destacar». Se nos vende —y compramos— la excelencia, el número uno, el liderazgo, la cúspide. Pero la mayor parte vivimos en otros mundos. Lugares en los que mostramos fortalezas y debilidades. Siempre he dicho que es bueno llevarse bien con los defectos propios. Nos acompañan y nos definen. Nos hacen vulnerables. Porque somos humanos, ¿no? Imperfectos por naturaleza. Nada más ni nada menos.

Como condición básica. Imperfecto. Una manera de comprender el mundo. Desde los errores. Desde lo que se intenta y sale mal. Frente al poderío de la pantalla, cúmulo de perfecciones. Cuerpos, mentes, almas. Y si no, autoayuda. A quintales, por los ojos.

Aceptar la normalidad. Un estándar a base de virtudes y defectos. Gente como tú y yo. No seres de plástico, brillantes creaciones de la publicidad, sino rostros con arrugas, granos e impurezas. Ahí, en esa fealdad hay toda una declaración de intenciones. Somos así. Aunque nos vendan el neón.

Hoy solo puede haber éxito. Todo medido con el rasero de quién es más. Zonas de confort. Nos dicen que no, que no son lugar seguro. Hay que buscar más y mejor. Un estándar elevado. Una aspiración, tus sueños subastados en el mercado de las emociones. Lo imperfecto dinamitado por el afán de superación.

No vale con aceptar los defectos propios. No vale con disfrutar de nuestros límites. No en esta sociedad que solo quiere reputación y éxito. Nadie puede presumir de sus carencias. El guión obliga a fingir. Las lágrimas solo se aceptan si sirven como estrategia de paso hacia la cumbre. Ya no sirve lo imperfecto. Murió traspasado por la pantalla.

Imagen de marijana1 en Pixabay.

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5 comentarios

Iñaki Murua 22/10/2021 - 09:59

En ocasiones, ni siquiera es suficiente con quedar segundo (esos «deportistas» que se quitan la medalla de plata según se la han colgado, por ejemplo).

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Julen 22/10/2021 - 13:24

La expectativa era evidente: solo había una posibilidad. Si no se dio: fracaso.

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Abellan 22/10/2021 - 20:24

La belleza de la imperfección, los japoneses tienen un término ‘Wabi-sabi’.

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Julen 22/10/2021 - 20:47

Siempre interesante mirar a la cultura japonesa.

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Juanjo Brizuela 26/10/2021 - 08:00

He visto tanto de esto Julen, tanto. Me ha tocado tan de cerca. Uuff … que creo que ejemplos de esto debemos de poner pero también creo que debemos hablar sin tapujos de aquello que es realmente vulnerable para que intente ser lo menos vulnerable posible.

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