La plaga de las bicis eléctricas

by Julen

Según datos de AMBE, la Asociación de Marcas de Bicicleta, este año pasado una de cada siete bicis que se vendieron en España fue eléctrica. Y no os preocupéis, que hay estadísticas a nivel europeo que dicen que ya estamos en casi una de cada cinco. El precio de venta medio ascendió a 2.648 euros. Ahí es nada la broma. Si con la llegada del coronavirus comenzó una época oscura para muchos sectores de nuestra sociedad, no lo fue así para todo lo que gira alrededor de la bici. La demanda creció y hoy es el día en el que, debido a ciertos problemas con proveedores asiáticos, el desabastecimiento es generalizado. Se vende tanto que no hay manera de reemplazar stocks.

El gran crecimiento porcentual en ventas es el de las bicis eléctricas: en 2020 crecieron el 48,9% respecto al año anterior. Y la fiebre parece que continúa. Alguien nos ha vendido la moto de que son sinónimo de ecología y transporte sostenible. Así que esta propuesta de ejercicio pero menos, cala y la gente hace cola para comprarse un medio de transporte polivalente, amigo del medio ambiente y saludable al cien por cien. Pues va a ser que no.

«Eléctrico» quiere decir que incluye algún sistema de asistencia al pedaleo. Incluye, claro está, un motor. No el de tus piernas. Es un motor artificial cuya vida útil se suele estimar en algo menos de 3 años. A partir de ahí empezará a no ofrecer la potencia que prometía. Lo puedes leer junto con otros datos de vida útil de las baterías, por ejemplo, en este artículo de Ibero Bike. Como siempre que hablamos de baterías, échate a temblar, que el futuro irá siempre a peor. Empezaste con entusiasmo, pero la realidad es la que es. Irán a menos. Solo tienes que ver qué tal languidecen las baterías de los teléfonos móviles.

¿Cultura del esfuerzo? No mola. Mejor si añadimos una prótesis a esta mierda de cuerpo que no hemos sabido cultivar para que nos prestara la energía necesaria cuando hacía falta. La asistencia al pedaleo democratiza. Cualquiera puede, da igual tu estado de forma. La industria ha llegado para que tú también –sí, tú, no te escondas– puedas montar en bici y subir esa cuesta. Solo tienes que apretar con el motor y hacer girar las bielas. Tu autoestima crecerá. ¿Qué más quieres? Beneficio psicológico, beneficio en salud, beneficio para el planeta (transporte sostenible lo llaman) y beneficio para quienes fabircan y venden las bicis. Ni un solo pero que poner en la ecuación.

Fabricar una bici contamina. Fabricar una bici eléctrica algo más, pero a este problema tendrás que añadir la contaminación por uso. ¿Cambiarás de batería si a los dos años y medio o a los tres deja de funcionar como debiera? ¿De dónde crees que viene la electricidad que necesitarás para mover el motor de tu bici? Pues eso, no metas la cabeza bajo tierra. La electricidad cuesta y contribuirás a que esos maravillosos proveedores del sector se sigan lucrando. Es lo que hay. Miles de bicis eléctricas, miles de baterías, miles de problemas.

El pasado 30 de mayo se celebró el primer campeonato de España de e-bikes. Porque es deporte y ocio. Son marcas que tienen que vender y la fórmula está funcionando a las mil maravillas. La reposición está garantizada. Lo mismo con los móviles: la degradación del motor, con obsolescencia programada o no, es una realidad. Así que tocará cambiar. Es consumo, ese ocuro motor de las economías del supuesto primer mundo. No hablamos del desgaste lógico de los componentes por el uso; hablamos de baterías que perfectamente pueden contener mercurio, cadmio, níquel, litio, manganeso, plomo y zinc, todos ellos elementos tóxicos para la vida humana.

Pues eso, que nos están vendiendo lo que quieren vender. Y sí, todo es relativo, y hay que tener en cuenta que saldrán ganando si comparamos las baterías con los motores de combustión. Pero cuidado con manejar el argumento verde y ecológico cuando hablamos de bicis eléctrícas. Para nada.

Imagen de Marc Pascual en Pixabay.

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