Industrias creativas y culturales: la paradoja

by Julen

Disclaimers.-

(1) De verdad, aunque quizá no pueda parecerlo en una lectura rápida, quiero que entendáis que el artículo está en el fondo cargado de positividad, porque lo que está detrás del sector —las personas que vuelcan su sentido vital en torno a la cultura y el arte— son demasiado importantes para nuestra sociedad como para no cejar en el intento de que todo esto salga adelante de la mejor manera posible.

(2) Debía este post desde hace tiempo, disculpas por el retraso.

————

En mi trayectoria profesional siempre he estado relativamente cerca del sector de las llamadas industrias creativas y culturales. Sin embargo, ha sido a partir de 2018 cuando he tomado un contacto más intensivo con el sector. Comenzó con la colaboración en los programas de formación avanzada de KSI Berritzaile y ha continuado con proyectos de asesoramiento a más de veinte organizaciones del sector desde entonces y con la participación (a través de un módulo en el que analizábamos los modelos de negocio) en las dos ediciones que hasta la fecha se han llevado a cabo del Programa de Consolidación de Proyectos Empresariales impulsado por BDCC Basque District of Culture and Creativity.

Pues bien, después de esta intensa colaboración en los últimos cinco años, ¿qué he aprendido? Siento decirlo, pero en gran parte, veo un sector que, para mí, se encuentra demasiado instrumentalizado. He solido emplear, en más de una ocasión en diversos proyectos de consultoría, un ejercicio para profundizar en esa dicotomía entre vocación y profesión que parece acompañar de forma irremediable a quienes trabajan en este sector. Lo que sale de dentro se enfrenta a un sistema que, de la mano del gobierno de Tony Blair a mediados de lo 90, se convirtió en moneda de cambio para el desarrollo económico. Capitalismo emocional en estado puro. Emocional, global, cognitivo, artístico. Mercado, es lo que hay.

Hace poco leía unas declaraciones que me bajaban a tierra de la peor manera posible. Alfonso Santiago, de Last Tour, refiriéndose al caché de las bandas en los conciertos, lo dejaba claro: «Cada uno vale lo que mete. Es el mercado». A tanta gente reúnes en el concierto, tanto vales. ¿Así de simple? Me vienen a la cabeza los trabajos de Álvaro Fierro desde Cultumetría. La medición de impacto es más compleja. Pero cuando la vara de medir económica se magnifica —¿podemos pensar de verdad en otra tal como tenemos montado este mundo en que vivimos?— el lado vocacional sufre. Remedios Zafra ya describió este descenso a los infiernos en El entusiasmo. Y mucho antes, Rubén Martínez y Jaron Rowan, desde aquel emblemático proyecto llamado YProductions, nos pusieron sobre aviso en torno a la precarización del sector. Porque las industrias creativas y culturales son, a día de hoy, un lugar magnífico para explicar las teorías del moderno precariado.

El sector es estratégico. Y ahí comienzan las máquinas excavadoras a remover el terreno para abrir una gran fosa colectiva. El sector vive en la encrucijada de la financiación pública y del capitalismo global. Vive del «porque sí», «porque me sale de dentro» y, a la vez, del impacto económico. Biznaga le canta al ocio. La Universidad de Deusto, mientras tanto, se especializa en estudios en torno al ocio. Guy Debord ya lo resumió de forma que no dejaba lugar a dudas: somos sociedad espectáculo. Y la cultura es todo. Nada escapa de sus tentáculos. El capitalismo se vuelve artístico. Giles Lipovetsky le dedica páginas y páginas. La secuencia es verdaderamente lógica: cuando todo es cultura, el capitalismo global solo puede circular por un carril. Y ahí, en ese carril, los ultradeportivos que van a toda pastilla se encuentran adelantando a una multitud de pequeños proyectos con sus vehículos artesanales, con sus esperanzas en sacar el arte y la cultura que llevan dentro. Aparta y métete por el arcén.

¿Hay solución? ¿Es autoprecarización? A la primera pregunta, sí. A la segunda, no… con matices. ¿Por qué hay solución? Porque nuestro supuesto primer mundo ha virado hacia un empleo del tiempo muy diferente del que definía a las generaciones anteriores. La sociedad contemporánea sabe que la tradicional competitividad en la que navegan las organizaciones con ánimo de lucro ha virado hacia la inteligencia artificial. Robots, cobots, digital twins y todo el arsenal que despliega la industria 4.0 lo están dejando claro: como «trabajador de toda la vida» sobras. El tiempo productivo es para las máquinas; nosotras, las personas queremos diferenciarnos. Tenemos que demostrar que somos humanos, que somos capaces de solucionar tu captcha.

Trabajo con personas del mundo ICC y me reconecto con el orgullo que demuestran cada día: pelean por ser quienes quieren ser. Este el gran poder. Y la gran trampa, lo acepto. ¿Tanto te sale de dentro? Pues adelante, pero no me vengas luego a pedir salario digno. Lo haces porque quieres. El drama se sirve con el desayuno cada día. Miseria.

Es un sector con el que no puedo trabajar con las lógicas de mis otros proyectos. Su complejidad es enorme ya solo por ese pequeño detalle que citaba en el párrafo anterior: las personas que lo protagonizan merecen un respeto que, me temo, no va mucho con estos tiempos de sobreexcitación hormonal alrededor del éxito. El sector sabe que el fracaso también lo define. Conocemos tantas historias de fracasos reconvertidos en éxitos y viceversa que no conviene ponerse en modo dictar sentencia. Hay demasiados matices en el camino.

Aquí contamos con BDCC. El sector merece la pena. Es la decisión institucional. Somos un país que apuesta por su industria creativa y cultural. Lo interpretamos en positivo, ¿no? Claro. El tiempo nos pondrá en el lugar que merecemos. La coherencia se podrá evaluar a medida que pase el tiempo. Sea realidad o realidad aumentada. Ya disponemos de análisis evolutivos como para conseguir suficiente perspectiva. ¿El Tony Blair de mediados de los 90 se ha desbocado? ¿No hay plan B y todo es capitalismo artístico, como explica mi admirado Lipovetsky?

El pasado 26 de octubre asistí al acto de clausura de la segunda edición del Programa de Consolidación de Proyectos Empresariales impulsado por BDCC. Sé que en la imagen adjunta falta alguno, pero son los que he rescatado de ese acto. Solo por el hecho de compartir camino con este tipo de gente, insisto, merece la pena: (1) ser optimista, (2) continuar con la mirada crítica y (3) arrimar el hombro en lo que podamos para que cada proyecto encuentre su hueco en el mercado. Sea lo que sea el capitalismo artístico, la cultura-mundo o el emprendimiento cultural.

Imagen destacada del post de edith lüthi en Pixabay.

Artículos relacionados

3 comentarios

Amalio Rey 30/12/2022 - 12:06

Hola, Julen. Este tema (dilema) también me vibra. Tú ya acumulas muchas millas hechas con esto así que todos mis respetos. Déjame que te diga mi impresión, con toda la humildad del mundo. Ese aprendizaje, después de 5 años, que resumes así: «en gran parte, veo un sector que, para mí, se encuentra demasiado instrumentalizado» no tiene solución, y no puede ser de otra manera. Si la cultura se convierte en profesión, y tienes que vivir de ella, entras sin remedio a jugar con las reglas del intercambio capitalista, y ya sabemos lo que significa: empatía comercial, «modelo de negocio» para obtener ingresos y vivir de algo, marketing cultural, etc. Me refiero a esa «gran parte» a la que tú te refieres, porque después hay un porcentaje pequeño que consigue instalarse en los extremos de la Campana y escapar de esa dinámica. Pero para que hayan esos extremos, tiene que haber el dato central, las mayorías que juegan a la cultura de la «sociedad espectáculo». Y en los extremos también se sufre precarización. Son pocos los que han conseguido aferrarse a sus principios como les gustaría y vivir dignamente de la cultura. Si uno quiero hacer cultura como hobby (mientras vive de otra cosa), puede hacer lo que quiera y será totalmente libre de la «instrumentalización». Si quiere vivir de ella 100%, va a tener que entrar en ese juego en algún grado. Por eso, según cómo lo veo yo (quizás tú también, no lo sé), las opciones y el debate no están en si te dejas instrumentalizar, sino en qué grado… Claro, si negamos la mayor, y eso fuera posible (= desmontar el sistema), entonces sí que podríamos hablar de una cultura genuinamente libre del mercado pero entiendo que esa variable, de momento, es una constante. Sueno a cenizo, pero es así como lo veo…

Responder
Julen 31/12/2022 - 05:09

Estoy muy de acuerdo con lo que comentas, Amalio. Yo lo suelo explicar como que, en gran parte, es un reto a la inteligencia. Lo que es fascinante es la manera en que (a mí al menos) me atrae el sector. A veces pienso que hasta yo mismo podría entrar en una espiral de precarización por no aplicar los estándares de dedicación y facturación del resto de sectores.

Responder
Balance de 2022 y perspectiva para 2023 – Consultoría artesana en red 05/01/2023 - 05:58

[…] realmente interesante. Por otro, Euskalit, con quienes trabajo en diferentes líneas, sobre todo en asesoramiento al sector de las industrias creativas y culturales (un programa, por cierto, en el que no seguiré trabajando, ya que han cambiado las políticas de […]

Responder

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.