Las multitudes y sus comportamientos estúpidos

by Julen

Ya sabéis que uno de los «acontecimientos» de los últimos tiempos ha sido, por fin, el lanzamiento de El libro de la inteligencia colectiva, de Amalio Rey. Digo «acontecimiento» porque sé del esfuerzo y cariño que ha puesto Amalio en su libro y cuando por fin el producto ve la luz, uno no puede sino alegrarse de que pasen cosas así. Hay libros y libros. Este es de los que ha llevado su tiempo en cocina. Nosotros le hemos dedicado ya un par de posts, uno con una colección de citas seleccionadas del texto, y otro en el que reflexionábamos sobre todo eso que no llegamos a entender y que, al tiempo, presenta ciertos signos de inteligencia colectiva. Ahora publicamos un tercer post, esta vez centrado en un asunto del ya hemos escrito más veces aquí: la estupidez de las multitudes.

Amalio en su libro distingue entre díada, tripulación, congregación y multitud. Define la multitud por contraposición a la congregación. Si esta se entiende como un «conjunto de entre treinta y doscientas personas, lo suficientemente pequeño como para que cada miembro pueda saber el nombre de todos los otros», la multitud representa esa categoría en la que «entran todos los grupos humanos mayores que la congregación». Multitudes las vemos todos los días en diferentes circunstancias y forman parte de la sociedad que conformamos, esto es evidente.

En otro lugar del libro, Amalio recurre a un apunte interesante de Alfonso Vázquez: cuidado con esto de considerar estúpido un comportamiento porque «juzgar la inteligencia o la estupidez de una decisión colectiva implica a menudo la presencia de un observador externo, cuya inteligencia o estupidez también debería estar sometida a juicio». O sea, que hay que moverse con precaución, no vaya a ser que nos pasemos de listos con lo que vamos a comentar a continuidad. Humildad ante todo, que suele ser buena compañía.

Sé que, personalmente, tengo una considerable aversión a las multitudes. También sé que entre mis lecturas hay alguna que otra que tengo en gran estima y que ensalza el potencial de las multitudes. En mi deambular profesional un libro que, por ejemplo, en su día me marcó se titulaba, nada más ni nada menos que Multitudes inteligentes. Y lo escribió alguien a quien tengo en mucha estima: Howard Rheingold. Reconozco que tengo mi lado Dr. Jekyll y Mr. Hyde con este asunto.

Sin embargo, encuentro demasiados comportamientos multitudinarios que entran de lleno en la estupidez colectiva. Sé que Amalio es futbolero. Su Betis está de enhorabuena. Pues bien, el fútbol, como motor de multitudes, me parece un buen ejemplo de generador de estupidez colectiva. Puedes encontrar peleas entre aficiones, gente a la que parece que le han extirpado buena parte de su cerebro y que no es capaz de discernir nada porque el (teórico) sentimiento le puede, borracheras colectivas como paso previo al acto de ver de un partido, insultos varios coreados en masa… Ejemplos los tenemos en abundancia.

La multitud parece disponer de un umbral a partir del cual no hay gobernanza que pueda emplearse. Claro que también podríamos pensar en su contrario (ya vais viendo mis dudas y contradicciones): los hilos de la manipulación no son fáciles de encontrar. Manuel Castells en Comunicación y poder ya nos pone sobre aviso de que la agenda pública, esa en la que vivimos a través de medios de comunicación, de memes y de titulares, es en verdad la que quieren que sea. ¿Quiénes? Pues quienes detentan el poder. La idea de fondo: seguimos siendo marionetas, títeres de un teatro en el que —la mayor parte de las veces sin saberlo— cumplimos con la función que se nos encomienda para que la rueda siga girando.

También dice Amalio que «la opinión que públicamente hace más ruido puede no coincidir con lo que de verdad piensa o prefiere la multitud». Este es un tema delicado porque levantar la voz contra un cierto estado de opinión global que parece que la define es para heroínas y para héroes. La mayor parte de los humanos no entramos en esa categoría. Así que cuando la masa ruge y parece comportarse de cierta manera, ponerse en contra no es nada fácil. Solo queda o bien comulgar con la inmensa mayoría o hacer mutis por el foro.

Creo, además, que la creación de estados de opinión en la multitud es uno de los mecanismos más perversos de la sociedad contemporánea. Las fake news llevan con nosotros toda la vida, pero ahora la capacidad mediática de la que pueden hacer uso las convierte en un auténtico peligro de dimensiones colosales. Los memes son balas que se disparan a través de armas que no buscan aniquilarnos físicamente, sino en un plano diferente. Nos necesitan y, por tanto, no se pueden permitir el lujo de que dejemos de ser motores del consumo. Tenemos que seguir cumpliendo el rol que se nos encomienda para alimentar el sistema. La imitación es un poderoso leit motiv para conseguir comportamientos colectivos multitudinarios en la línea que interesa.

Pienso que el libro de Amalio es un buen recurso para profundizar en lo que implica la multitud, estúpida e inteligente al mismo tiempo (por ejemplo, la idea de minipúblico me parece muy potente). Yo, que soy muy cenizo con estas cosas, me estoy quedando con la peor parte del asunto. Siempre he sido muy fan de Carlo Cipolla y su enfoque de la estupidez humana. Fijaos que decimos «humana» y no «colectiva». Pero, plantada esta semilla, los riesgos son evidentes. Me permito copiar/pegar un texto que ya escribí en su día:

Más aún: en las sociedades en decadencia, el porcentaje de individuos estúpidos sigue siendo igual a σ1Es la proporción de personas estúpidas en el seno de una población.; sin embargo, en el resto de la población Cipolla observa, sobre todo entre los individuos que están en el poder, una alarmante proliferación de bandidos con un elevado porcentaje de estupidez. Y entre los que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento del número de los desgraciados incautos. Tal cambio en la composición de la población de los no estúpidos es el que refuerza inevitablemente el poder destructivo de la fracción σ y conduce al país a la ruina.

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    Es la proporción de personas estúpidas en el seno de una población.

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