25 recuerdos de 25 días de ruta #PortugalMTB

by Julen

Hacía tiempo que no encontraba la ocasión para pedalear 25 días seguidos en una ruta #RSS Rodamos Suave Suave. Como siempre, cada día, al terminar de pedalear, una crónica. Las circunstancias de la pandemia han complicado la logística de este tipo de viajes en los últimos tiempos. Finalmente los planes salieron adelante y pudimos llevar a cabo la ruta, eso sí, en solitario. Como suele ser costumbre tras terminar, publicamos este post de balance con 25 recuerdos de las 25 jornadas. Reúnen una colección de sensaciones personales que me llevo del viaje.


 

1. La historia de emigración de María y Julio.

Ya sabía al comenzar el viaje que el paso por Cedillo sería especial. Había estado allí en la primavera del año 2000 porque mi madre quería conocer aquel pueblo del que había emigrado tanta gente a nuestro barrio aquí en Urioste, cerca de Bilbao. Eso fue en los años 50 y 60 del siglo pasado. Julio lo hizo en el 64, a los 24 años, en busca de un futuro, como otras personas de su generación. Él y María, con sus hijos Joaquina y Javi, fueron nuestros vecinos algunos años. Buenos vecinos, buena gente. Lo eran y lo siguen siendo. La experiencia de pasar el día en Cedillo con ellos y volver a saludar incluso a otra vecina que no había visto en 50 años fue entrañable. Por eso en esta lista de recuerdos ya sabía que este no podría faltar. Muchas gracias por el trato que me dieron, todo un auténtico lujo de atenciones.

 

2. Los pueblos imposibles de la etapa Piódão – Casegas.

Se cuenta que Piódão sirvió para esconder a gente que tenía problemas con la justicia debido al aislamiento e inaccesibilidad que ofrecía. Hoy una humilde carretera serpentea hasta llegar a esta pequeña meca del turismo en la Grande Rota das Aldeias Históricas. Pues bien, cuando crees que has llegado a un lugar recóndito entre las montañas, resulta que la etapa del día siguiente te hace ver que aún quedan pueblos más escondidos si cabe. Porque de Piódão se sigue subiendo y tras pasar por el memorial a Miguel Torga y coronar la primera cima de ese día, uno empieza a preguntarse cómo es posible que existan pueblos como los que vamos encontrando. Fue una jornada para repensar qué es un asentamiento humano, por qué se produce y cómo se mantiene con el paso de los años. En definitiva, para repensar lo que cada cual entiende por hogar.

 

3. La encantadora Casa da Padaria, un alojamiento fantástico en Piódão.

Si tengo que elegir un alojamiento, al margen, claro está del de Cedillo, me quedo con el de Piódão. Quizá el susto que me llevé al ver una buena turistada nada más llegar me hizo pensar lo peor. Sin embargo, Casa da Padaria fue un lugar perfecto para disfrutar de los detalles. En eso incluyo la atención que prestaron a mi lastimado pie aquel día. La casa podía presumir de muebles clásicos y el comedor para desayunar era una delicia, tanto en el mobiliario como en los productos que ofrecían para comenzar el día con energía. Sí, me quedo con este alojamiento de entre todos en los que he pernoctado. [La foto está tomada del alojamiento en Booking].

 

4. El columpio al vacío en Serra da Estrela.

La etapa «reina» de esta ruta fue la que me llevó de Trancoso a Manteigas. Entrábamos en la Serra da Estrela y aunque no fue este primer día en el que llegamos a la cima Coppi en Torre, me encontré con un columpio al vacío poco antes de llegar a Vale do Rossim. El pedaleo nos conducía por crestas despejadas, tras una zona de pinares. Poco antes de llegar a la carretera que bajaba a Folgosinho, apareció un curioso columpio con unas vistas espectaculares. Allí descansamos un rato y nos balanceamos antes de seguir ruta. Un descanso momentáneo y diferente.

 

5. El valle glaciar del Zêzere… y el de Alforfa.

Una de las imágenes icónicas de la Serra da Estrela es el valle glaciar del Zêzere desde las cumbres en las que nace hasta Manteigas. A medida que se asciende se aprecia cada vez mejor esa forma tan característica en U. Nosotros lo pudimos disfrutar a medida que íbamos ganando altura hasta los casi 2.000 en que se corona Torre, la cima más alta del Portugal continental. Sin embargo, otro valle, menos conocido, el de Alforfa surge a la izquierda de la subida y permite de nuevo una panorámica majestuosa.

 

6. El fotogénico meandro de Melero en el río Alagón.

Sabía de este meandro, cómo no. En la linde entre Extremadura y Castilla y León, el río Alagón nos obsequia con un meandro de auténtica postal. Sí, había turistas (no muchos) y sí, ya sé que todo el mundo hace la misma foto, pero de verdad que impresionaba. La forma casi perfecta, los colores —con unos tonos verdosos ´únicos en el lecho del río—, la paz del mirador; todo contribuía a querer quedarse allí un buen rato con semejante regalo para la vista.

 

7. Galveias y su «tapa» de jamón, señor Peixoto.

Llegué al pueblo de José Luis Peixoto tras leer su libro Galveias. Como casi siempre sucede, nuestra imaginación traza escenarios que luego difieren de la realidad. Está bien que sea así. Peixoto tiene presencia en el pueblo, no hay duda. Tiene su calle, a su nombre está el centro cultural y en la plaza de la iglesia de la Misericordia luce una obra en su honor. Allí me detuve en el bar Central, ese que suele haber en muchos pueblos. Pues bien, allí en el centro no pude comer un bocadillo de un estupendo jamón detrás del que se me iba la vista. Me ofrecieron, sin embargo, una «tapa». Lo que no sabía es que la tapa excedería de largo mi expectativa con el bocadillo. Y hubo que comérselo todo, que para eso quemamos calorías sobre la bici.

 

8. La necrópolis de São Gens y su particular pedra bolideira.

Julio Llamazares se quedó prendado de la pedra bolideira en su camino hacia Chaves. En mi ruta tenía marcada la necrópolis de São Gens como lugar obligado de visita. Sabía que había allí una buena colección de tumbas antropomórficas esculpidas en el granito. Hasta allí llegamos después de una larga bajada desde Braganza. El lugar merecía la pena. Lo que no sabía es que me iba a encontrar con una versión más depurada aún de la pedra bolideira. Estas moles de granito que hemos visto desde el primer hasta el último día caracterizan el paisaje y a veces juegan a lo imposible. Creo que es el caso.

 

9. La melancólica villa termal de Pedras Salgadas.

Hay ocasiones en las que cierto tiempo de lugar pide un ambiente específico para apreciar mejor su belleza. El parque termal de Pedras Salgadas, que encontré después de pasar por su primo hermano Vidago, me dejó hechizado. A ello contribuyó, desde luego, el día gris con sirimiri que se me ofreció. Pedalear entre grandes árboles por paseos en los que la melancolía te abraza mientras sabes que no hay prisa alguna, fue un buen regalo aquel 21 de julio. Incluso el café bien caliente que tomé en un pequeño establecimiento a la salida del parque en la típica calle empedrada me pareció un complemento obligado.

 

10. Una aldeia histórica con castelo: Linhares da Beira.

Podría elegir Castelo Rodrigo, Castelo Novo o Marialva. Pero quizá Linhares da Beira me cautivó por el momento en que llegué. Era todavía relativamente pronto por la mañana. Junto al enorme castelo una plaza que empezaba a recibir los primeros rayos de sol del día. Era momento ya de elegir sombra. En el único pequeño bar dejamos pasar un buen rato porque afrontábamos una de las grandes subidas de esta ruta. Sí, la que nos llevaba hacia Manteigas y nos hizo pasar por el columpio al vacío. Allí, en Linhares de Beira, la chica que atendía el bar conocía muy bien la zona. Amable y de buena conversación, hizo que aquella aldeia histórica se quedara a vivir mejor que otras en mi memoria.

 

11. La arqueología infantil de Centum Cellas.

Centum Cellas era otro lugar marcado en mi itinerario. Saramago se había quedado prendado de este extraño edificio, pero para ser sinceros, cualquiera lo estaría. Lo que no me esperaba al llegar allí era encontrar una curiosa algarabía de niñas y niños jugando a la arqueología. Con sus utensilios de faena, escarbaban en el suelo en busca de algún nuevo tesoro que explicara mejor aún aquel curioso edificio y su entorno. La seriedad del lugar quedaba derrumbada a los pies de las risas y los gritos de la chavalería. ¡Qué bonita forma de aprender y de naturalizar el contacto con el pasado lejano!

 

12. El wolframio de Panasqueira.

Las minas siempre dejan huellas profundas allí donde existieron. Hoy el wolframio se sigue explotando, después de una época en que las instalaciones permanecieron cerradas. Hablamos de la mina Panasqueira, en Barroca Grande. Allí aterrizamos en la etapa de los pueblos imposibles, la que nos hacía preguntarnos cómo eran posibles aquellos asentamientos. Llegamos entonces a las minas de wolframio. Y todo cambió porque no hay forma de esconder las enormes escombreras ni las barriadas que alojaban a los mineros. Un paisaje que mutaba radicalmente porque la mano del hombre había entrado en las profundidades del subsuelo. Paramos un rato un domingo por la mañana, a la hora de la misa. Fue un momento diferente.

 

13. El abandono de Idanha-a-Velha.

No sé por qué, pero tuve un deja vu con Idanha-a-Velha. Por momentos creía haber estado allí antes. Se cernía sobre el lugar un aire de olvido y abandono que te transportan a esos lugares que han sucumbido al paso del tiempo. Sí, forma parte de la lista de doce aldeias históricas, pero los edificios, las calles y las cuatro casas en las que viven unos escasos vecinos, parecen extraídos de algún cuento mágico. Fue importante en su día, pero ahora aparece en un valle, en mitad de ningún sitio, desconectada del mundo contemporáneo.

 

14. El Alentejo bien puede ser Nisa.

O podría serlo. La ruta no nos ha proporcionado muchos kilómetros por tierras alentejanas, pero ahí entre las estrechas calles dentro de su muralla, el amarillo ocre y el azul de sus encalados te hacían sentir, cómo no, que aquello era El Alentejo en su máxima expresión. A escasos 20 kilómetros de La Raya, bien podría ser también un pueblo de Extremadura. A uno y otro lado de la frontera, se comparte arquitectura, colores, ganadería, agricultura y también fervores varios. Nisa fue un regalo inesperado. Tal fue así que decidí visitarla un día y también al siguiente, con destinos diferentes, pero el pueblo lo merecía.

 

15. La frontera es privada, lo siento.

Pudieras pensar que ya no quedan sitios como este, pero perduran. Tal como la vemos hoy, la central hidroeléctrica de Cedillo se terminó de construir a mediados de los 70. Las obras comenzaron mucho antes y, cómo no, con alguna tragedia de por medio. Iberdrola, el propietario de la infraestructura, es quien decide cuándo se abre o se cierra la frontera. Y son ya muchos años en que eso sucede solo los fines de semana. Si llegas en otro momento, hay que gestionar el cruce del río (sea el Sever o el Tajo, que allí se unen) con alguien que lo haga en una barca o en una lancha. Eso es lo que tuvimos que hacer. La frontera es privada.

 

16. A este lado también: el castillo de Trevejo.

Si en nuestra ruta portugesa los castelos marcaban en buena parte la referencia, en Extremadura no han sido menos. De entre los que hemos encontrado a nuestro paso, quizá el de Trevejo sea el que más destaque. Según vienes de Villamiel, única carretera para acceder al pueblo, el castillo se perfila con rotundidad. Sus ruinas todavía dejan entrever una figura desafiante con vistas inmensas hacia el sur y resguardado por la Sierra de Gata al norte. La torre del homenaje todavía aguanta a duras penas el paso del tiempo… y la destrucción a la que fue sometido a principios del siglo XIX en plena invasión francesa.

 

17. Una subida entre sombras: de Robledillo de Gata hacia Las Hurdes.

Hay veces que disfrutas una subida en bici. Si me pongo a repasar las decenas de ellas en la ruta, encontraré más de una. Sin embargo, una especial para destacar es la que salía de Robledillo de Gata (y que venía, poco a poco, de más abajo, en el valle del Arrago) y te dejaba en la pista hacia Pinofranqueado, pasando por el mirador del Chorro de Los Ángeles. Es una subida por una carretera muy rota, casi toda en sombra, con una fuente de un caudal espectacular (en pleno agosto) a algo más de un kilómetro de Robledillo. La pendiente es constante y el desnivel desde Robledillo es de algo más de 400 metros. Vamos, un paseo para disfrutar cada pedalada. Esa sombra en días de verano es puro arte.

 

18. Una pareja de transandaluseros holandeses de pro, en Pedrógão de São Pedro.

Siempre decimos que las redes sociales en Internet a veces nos proporcionan agradables sorpresas al encontrar a gente conocida. Hans y Corien son una pareja de holandeses a quienes se les tiene mucho cariño en la TransAndalus. Normal, gente que se hace querer. Pues bien, desde septiembre pasado decidieron «emigrar» a un pueblecito de la Beira Baixa, en Portugal: Pedrógão de São Pedro. A través de Strava ya había visto que Hans publicaba algunas rutas de senderismo por la zona. Pues así fue como desvié un poco la ruta para pasar por su quinta. Cuestión de meter las coordenadas en el GPS y trazar el itinerario. La media hora larga que pasé con ellos sirvió de alimento para el espíritu, no hay duda. Nos volveremos a ver. Gracias por el muffin y saludos a los perros 🙂

 

19. El descenso interminable a Manteigas.

La etapa reina de la ruta terminaba con una bajada desde Vale do Rossim hasta Manteigas. Había dos opciones: una por el GR, seguramente más divertida, con mucha más pendiente y directa. Pero la otra ofrecía 20 kilómetros por una carretera que se retorcía en mil curvas para bajar los 800 metros de desnivel. Era una especie de regalo tras los casi 2.000 metros de desnivel que habíamos acumulado. La temperatura poco a poco iba subiendo pero la sombra entre los pinos servía para hacer si cabe más agradable el descenso. Sí, fueron 20 kilómetros de regalo.

 

20. Torre, una pena, por no decirlo con palabras más gruesas.

Si estás en Serra da Estrela y te gusta pedalear, lo más lógico es que quieras coronar Torre, la cima más alta que tienen los portugueses en el continente (Pico, con 2.351 metros, en las Azores, es la elevación mayor). El terrreno es muy despejado. Las vistas son impresionantes subas por donde subas. Pero el final, al menos a mí, me dejó de una pieza. Porque allí arriba llegas al «centro comercial». Son unas tiendas a cual más cutre, con un bar restaurante, que viven pegadas a la estación de esquí. Me recordó a ese tipo de ventas que puedes encontrar en lugares fronterizos (por los Pirineos, por ejemplo). Cutre no, lo siguiente. Un final que estropea todo el encanto de la lenta subida.

 

21. Esa familia que gestiona el restaurante Pica Pau en Macedo de Cavaleiros.

Cuando llegué al hotel en que me alojaba en Macedo de Cavaleiros, pregunté por la churrasquería Pica Pau. El chico que atendía, joven y con su trajecito bien planchado, intentó explicarme que había mejores opciones si quería comer bien. Pensé explicarle por qué quería comer allí y la relación que tenía con el libro de Julio Llamazares. Enseguida me di cuenta de que aquello ni iba con él. Poco después de las siete de la tarde estaba allí como primer comensal (luego vendrían más). No me pude resistir para preguntar por aquella niña que Llmazares citaba en su libro. Casi 30 años después, sí, el negocio sigue siendo familiar. Era la mujer de quien me atendía. Me alegro de que aguanten el paso del tiempo. Y sí, comí estupendamente.

 

22. El canal entre la bruma.

Sabugueiro amaneció envuelto en la niebla. Después del día que salí de Chaves no había vuelto a ver un día gris. Sabugueiro me dio así los buenos días. Veníamos de hacer cumbre en la cima Coppi el día anterior y se ve que la altura todavía es capaz de enganchar nubes en sus laderas. Nada más salir, siguiendo el GR22, penetramos en un camino que, paralelo a un canal, se adentraba en la niebla en una zona muy arbolada. Fue un pedaleo ágil que disfrutamos durante unos cuantos kilómetros. Una lástima que un brusco descenso por una zona de piedras en las que mi técnica no me permitía ir montado me lastimara el pie izquierdo. Pero no fue a mayores y el tramo por el canal se queda en la memoria.

 

23. Mis conversaciones con las vacas.

En mi infancia siempre hubo animales en casa. Vacas, gallinas, conejos, palomas, gatos, perros, burros y alguna que otra especie más relacionada con las comidas navideñas. En aquel escalafón las vacas siempre estuvieron las primeras. Normalmente eran dos. Quizá por aquel cariño natural que uno sentía por esos animales tranquilos y, en general, de buen carácter, hoy es el día que por el monte muchas veces las saludo. Y depende de la situación, si conviene o apetece parar y hay alguna cerca, suelo hablar con ellas. Bajando hacia Acebo, tras coronar el camino empedrado en su último tramo y ya por la amplia y cómoda pista que se dirige hacia el pueblo, me encontré con una vaca sola. Era evidente que quería conversación.

 

24. Los ríos marcan territorio: Duero, Tajo, Alagón y tantos otros.

Han supuesto una presencia constante en la ruta. Si el primer día nos acercamos al puente de Requejo en el Duero, desde entonces raro es el día que no no hayamos topado con algún río que establezca referencias en la zona. El Duero, además de este primer día, lo hemos divisado encajado en arribes o plácido y navegable en Barco D’Alva. El Tajo no ha sido menos protagonista. Es el que cruzamos cerca del Monumento Natural das Portas da Ródão para entrar en El Alentejo o el que, en su confluencia con el Sever, sirvió para crear la central hidroeléctrica de Cedillo. El Alagón, por su parte, nos ha ofrecido el meandro de Melero, que ya hemos comentado antes. Por supuesto, además de estos tres, ha habido muchos otros que dan vida y carácter a la zona. El Zêzere nos ha acompañado durante varias jornadas y en circunstancias diversas. En la Sierra de Gata las piscinas naturales no son sino el remanso de los ríos que bajan de las cumbres y que son el antídoto ideal de los calores veraniegos. Y sin olvidar algunos puentes fantásticos, como el romano de Chaves sobre el Támega o el medieval de Mirandela sobre el río Túa. Y qué decir del valle del río Côa y sus grabados prehistóricos…

 

25. Cómo no: Hemen eta orain, bizi. Aupa, Mikel!

¿Un último recuerdo de esta ruta? Decidimos llevar el maillot y la gorra que compramos en bizi.eus, el proyecto de Mikel Lizarralde con el que quiere contribuir a la investigación de la esclerosis múltiple, enfermedad de la que fue diagnosticado en 2018. Así pues, con esta ruta hemos querido también aportar nuestro pequeño granito de arena en la difusión del proyecto. Hemen eta orain, bizi. Aupa, Mikel! [La imagen está tomada de su sitio web bizi.eus]

Argazkia:Dabid argindar

 

Pues hasta aquí el viaje. Seguramente escribiré alguna otra cosa más para valorar aspectos logísticos y también relativos a datos. Más adelante lo compilaré todo en un nuevo ebook, al estilo de los que ya tengo publicados y que podéis descargar desde esta página. Todas las fotos, etapa a etapa, están accesibles desde este álbum de Flickr.

Pues eso, un placer. Nos leemos 🙂

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3 comentarios

Juan 13/08/2021 - 20:25

Gracias por compartir tu experiencia. Ha sido muy curioso y entretenido acompañarte. Muy cálido a la par que didáctico. Eskerrik asko

Responder
Julen 14/08/2021 - 06:21

Gracias. Me alegro de que te haya gustado 🙂

Responder
Más de media vida delante de una puta pantalla – Consultoría artesana en red 13/10/2021 - 05:01

[…] tiempo a esta parte quizá soy consciente de mis limitaciones físicas. Por mucho que sea capaz de pedalear 25 días seguidos —traducido, por ejemplo, a desnivel acumulado fueron 34.000 metros—, siento que físicamente […]

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