10 Saceruela – El Robledo #Transtoledana #MTB

by Julen

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La Orden del Sácer, fundada en 1570, fue de las primeras instituciones romeras que se establecieron fuera del dominio jerónimo en Guadalupe. Es la que protegía y acogía a los peregrinos que se dirigían a Guadalupe por el Camino de Oriente. Por estas tierras no había caminos seguros, posadas, hospitales u otros servicios para los peregrinos y de ahí que naciera la orden. Por cierto, aunque escribo «protegía» y «acogía», en realidad la Orden ha resurgido en 1989 y, con vocación altruista, está organizada como asociación sin ánimo de lucro desarrollando proyectos en Bolivia y en la República Dominicana (son los que mencionan como más destacados en su página web). Según se explica en la Wikipedia, «la Orden cruza a Caballeros y Damas Archicofrades en personas que hayan sido significativas en asuntos humanitarios, religiosos o sociales; pero siempre tras superar un detallado proceso de Provanzas, tras cumplir detalladas obligaciones espirituales, hospitalarias y ceremoniales». En fin, ellos sabrán. Digo yo.

Saceruela cuenta con poco más de medio millar de habitantes, menos de la tercera parte de los que tuvo a mediados del siglo pasado. Nada nuevo: la España Vaciada también campa por aquí. Nosotros hemos pernoctado en un alojamiento rural, Pastora Marcela. Si has leído El Quijote, quizá te suene: hay un episodio dedicado a ella que sucede aquí en Saceruela.

De pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando a su hija Marcela muchacha y rica en poder de un tío suyo, sacerdote, y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza, que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande, y con todo esto se juzgaba que le había de pasar la de la hija; y así fue, que cuando llegó a edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella.

La moza en cuestión, ya ves, levantaba pasiones. «Aquí suspira un pastor, allí se queja otro, acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas». Pues todo esto pasaba, se supone, en Saceruela. Vamos con la crónica, que me despisto.

Lo primero: me entero (un poco tarde, lástima) de que el suegro de un amigo es de aquí, del pueblo. Pequeño es el mundo, Abilio. Aunque hay un par de restaurantes en el pueblo, los dos cerraban en lunes, casualidad. Menos mal que en la casa rural había cocina y hemos podido apañarnos con unos espagueti para salir del paso.

Tras la cena, ha habido tiempo para dar un pequeño paseo por el pueblo. La iglesia, situada al lado del ayuntamiento, está consagrada a Nuestra Señora de Las Cruces. Es románica, del siglo XIII, y probablemente lo más destacado del pueblo. También nos hemos acercado hasta el Pilar, un lugar donde parece que antiguamente se ubicaba un sauceral que dio nombre al pueblo y donde corría agua abundante… allá por el siglo XII. Ahí es nada. Agua, o sea, vida.

Ya por la mañana, hemos desayunado en un bar que queda cerca de la gasolinera. Nos colocan una tostada ¡de salchichón! Creo que desde que tenía ocho años no había vuelto a comer salchichón. En casa éramos más de chorizo Pamplona. Los bocatas que me habré comido de crío.

En la televisión informan de que han muerto siete cooperantes en la guerra de Gaza. Lo de siempre, parece que el simple hecho de que sean de países de este supuesto primer mundo y no palestinos hace que «valgan más». Tremendo lo que está pasando en Gaza. Tremendo lo mires por donde lo mires.

Nada más comenzar a pedalear, hemos dirigido las bicis hacia algo más reciente: el vestigio que aún queda de lo que fue un campo de aviación republicano durante la Guerra Civil española. Estuvo activo durante los años 1937 y 1938 cuando servía como base del tráfico militar aéreo que se dirigía hacia la zona norte de Andalucía. Según parece, llegó a contar con entre 40 y 50 aviones. Tremendo imaginárselo de esa forma viendo la soledad y tranquilidad actuales. Todavía quedan las infraestructuras de las que se dotó: dos pistas que se cruzaban en X con longitudes de 1.430 y 1.120 metros, un puesto de control, varios refugios antiametrallamiento, un cuerpo de guardia para mandos, oficinas y pilotos, además de un refugio subterráneo contra bombas, revestido de ladrillo enlucido y hormigón para aguantar las maldades del enemigo. Los campos de olivos de los alrededores, por cierto, están anegados.

Volvemos a la carretera, por la que hacemos un par de kilómetros y enseguida nos desviamos a la izquierda por otra mucho más humilde y que se dirige hacia Puebla de Don Rodrigo. Las ovejas a lo suyo.

Cruzamos un puente sobre el río Esteras y llegamos hasta otra carretera, la que viene de Agudo, por donde pasamos ayer.

En algo más de cinco kilómetros entramos en Puebla de Don Rodrigo. Oficialmente de nuevo pedaleamos por los Montes de Toledo. Bueno, ojo, que habría debate. Sí, pero no. Estamos al sur de los Montes de Toledo, pero aún en Ciudad Real, en la comarca de Montes, así, a secas, sin «de Toledo» como apellido. Geografía política, geografía física, cosas de los humanos.

Cruzamos el pueblo, nos tomamos un cafelito y continuamos en dirección noreste. El siguiente pueblo de la ruta es Arroba de los Montes. Enseguida sale a nuestro paso el río Guadiana, que se recrea en un fantástico meandro. Le saludamos y comenzamos a subir el puerto de la jornada. La carretera nos ofrece un mirador, el de Peñones del Chorro. Desde aquí se puede apreciar perfectamente el meandro del Guadiana.

Seguimos ascendiendo hasta una primera cota a la que luego seguirán otras dos más con pequeños descensos intercalados. Pedaleamos entre pinares. Por fin, ahí abajo vemos ya Arroba de los Montes. Oh, qué verde era mi valle

Paramos a comer algo porque hasta el final de la etapa quizá no haya ningún bar. El de Fontanarejo, nos informan, puede que esté cerrado (de hecho, ni lo hemos visto). Estamos en un bar curioso, que luce arte infantil y hasta tiene un pequeño escenario.

Tenemos que decidir si afrontamos un tramo de pista hasta El Alcornocal o si vamos por la carretera. Somos todo dudas. Venga, por la pista. Bueno, primero preguntaremos a algún lugareño en Fontanarejo.

Seguimos primero en dirección norte. Abandonamos la carretera principal y tomamos el desvío hacia el pueblo. A derecha e izquierda se reparten encinas y más encinas. Preguntamos a un hombre que nos dice… nos dice que sí, pero con la boca pequeña. Venga, vamos.

Así que, tras pasar Fontanarejo, dejamos por fin el asfalto para tomar una pista que nos sale a la derecha en dirección este: es el Camino de Porzuna. A ver qué tal. Lo seguiremos hasta el pequeño pueblo de El Arconocal.

De entrada es el típico pistón que no debe darnos problemas.

Eso sí, a medida que ascendemos una pequeña cota y el camino se encajona, las huellas de las lluvias de los últimos días son evidentes.

Tras coronar la subida, salimos a otro planeta: aparecen los cultivos de cereal. Dejamos el pinar por el que veníamos subiendo y entramos en un terreno despejado y en ligera bajada. Eso sí, seguimos cruzando regueros de agua que se traducen en auténticos pedregales en algunos tramos. Curioso este tramo «trampa» .

Llegamos a El Alcornocal, no vemos ningún alcornoque y giramos a la derecha para retomar el asfalto. Viento en popa y a toda vela…

Ya cerca de El Robledo dejamos la carretera para acercarnos al río Bullaque, afluente del Guadiana, que nos acompaña hasta entrar en el mismo pueblo. Se le ve crecido. De hecho, hay un tramo que está anegado, pero que decidimos cruzar… con éxito.

Nada más llegar a El Robledo ya se aprecia que cruzar el Bullaque por donde alguien había pensado no va a poder ser al menos durante unos cuantos días.

Nos alojamos en una casa rural, El Retiro del Bullaque, muy agradabe. Hemos podido manguear las bicis, poner una lavadora… y disponer de toda la vivienda para nosotros. Todo un lujo. Mañana nos leemos de nuevo.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 602,53.

Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 10.543.

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Fotografías de la ruta.

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