20 citas de La sociedad del pelotón, de Guillaume Martin

by Julen

Si ya el primer libro de Guillaume Martin, Sócrates en bicicleta, me gustó y dejamos constancia de ello con una colección de 15 citas en este blog, vamos ahora con su segundo libro, La sociedad del pelotón. Publicado, como el anterior, por la editorial Libros de Ruta, y traducido por Marcos Pereda, se presenta como un ensayo en torno a lo individual y lo colectivo. El ciclismo profesional ofrece una buena plataforma para encontrar situaciones en las que esos dos elementos se tensan, entran en conflicto y evidencian contradicciones. Guillaume Martin juega con su experiencia dentro del pelotón para dibujar unos argumentos que entremezclan la realidad de la práctica deportiva con referencias filosóficas. En su contraportada se puede leer:

El deporte es reflejo de la sociedad. En su forma moderna amplía las características del mundo que conocemos, el mundo capitalista, el mundo de la red, cuyos defectos permite mostrar. Sitúa al individuo en el centro, pero no reconoce ninguna identidad. La estrella del deporte es una imagen, un espectáculo. Se ahoga bajo toda la información que le rodea: toda la data y estadísticas que objetivizan su práctica, y que al final no significan nada; todos los rumores que acompañan su carrera (fichajes, lesiones, vida privada, etcétera), y que la mayoría de las veces no son más que palabrería. Hemos perdido de vista al ser humano singular que hay detrás de la estrella transformadora en fetiche.

Vamos, por tanto, con nuestra particular de citas.

Guillaume recurre al principio del libro al clásico ejemplo de un trío que llega en fuga al final de la etapa, pero que es absorbido por el pelotón a escasos metros de la meta.

Y, sin embargo, contra toda lógica, cada uno guarda un poco bajo el pedal, atento, esperando beneficiarse del trabajo de los otros y sacar las castañas del fuego al final. La incomprensión llega, el grupo en cabeza empieza a desunirse, pierde eficacia; inevitablemente son atrapados a falta de tres kilómetros. Todos han perdido todo.

El deporte hoy no es solo deporte. No puede eludir el contexto en que se inserta.

Se diga lo que se diga, el deporte moderno está inserto en un marco político. Los Juegos Olímpicos no son, desde hace tiempo, oportunidad para una tregua. Al contrario, continúan los conflictos en un plano ideológico. […] Instrumento de soft power, oportunidad de chantaje diplomático, lugar de revuelta, el deporte moderno está ciertamente ligado a los problemas del mundo. No es de extrañar que los estados lo utilicen para defender sus intereses.

El deporte como soporte para la trascendencia.

El ser humano necesita trascenderse. Necesitamos alcanzar algo más grande que nosotros mismos, algo que nos haga partícipes de un algo universal que absorba la miseria de nuestras trayectorias particulares.

El deporte, desde hace más de un siglo, se ha añadido a la lista de lugares de trascendencia, junto a las iglesias, amor y arte.

Sobre el comportamiento en carrera:

El acto profundamente social da dar o no es, pues, expresión de una individualidad que se olvida de sí misma, sino, por el contrario, herramienta de poder, arma que crea una red de interdependencias. Se inscribe en un sistema de dominación, en un juego de fuerza destinado a la valorización propia.

La lógica es aplastante: el ciclista tiene que «esconderse» dentro del pelotón para triunfar.

Nunca se puede triunfar solo, a fortiori en una disciplina como el ciclismo de carretera, con casi doscientos concurrentes en la salida y pruebas de larga duración, donde las consideraciones aerodinámicas y el ir a rueda son primordiales. Un ciclista en medio de un pelotón puede gastar hasta un sesenta y seis por ciento menos de energía que uno escapado en solitario.

Pero «esconderse» es también «integrarse»:

Por tanto, el interés individual consiste en aprovechar la vida en colectividad para su propio bien, mezclarse con la masa tratando de convertir la fuerza en su ventaja. Para triunfar sobre el pelotón tienes que integrarte, entender sus movimientos y desviarlos de su dirección.

Y ahí surge la «voluntad de poder» de Nietzsche:

¿Qué es lo que nos impulsa a unirnos entre nosotros de forma cada vez mayor? Precisamente el deseo de más, lo que Nietzsche llama voluntad de poder. En la gran mayoría de los casos solo a través del colectivo podrá exprimirse esta fuerza individual. De ahí ese deseo insaciable de unirse, de formar mayoría, de integrarse en el colectivo… para sí.

Una comparación con el mundo de las startups:

El objetivo de cualquier startup no es ganar dinero, sino simplemente crecer, imponer su necesidad. Siempre habrá tiempo más adelante para aprovechar la hegemonía, después de que el crecimiento haya alcanzado un nivel tal que la empresa tenga suficientes recursos bajo su control como para parecer indispensable a la sociedad y silenciar a sus competidores.

La razón por la cual el ciclismo es una buena metáfora de la tensión entre lo individual y lo colectivo en nuestra sociedad:

Mantener unidos ambición individual y éxito colectivo es el reto que encierra la esencia misma del ciclismo, del que se dice que es un «deporte individual practicado en equipo». En tal sentido esta disciplina es indicativa de la sociedad en general y de las dificultades a las que se enfrenta. Al fin y al cabo, si ampliamos el enfoque, ¿no es vivir una experiencia solitaria practicada en común?

Surge en este juego, la falacia de líderes y seguidores:

Así, la primera forma de mantener unidos al individuo y al colectivo, la que conocemos, la que rige desde hace siglos grupos humanos de todo tipo, consiste en una doble mentira: la del líder que promete revalorizar el trabajo  de los subordinados (y que enseguida olvida su promesa) pretendiendo que la jerarquía no existe (desde su posición dirigente); ¡pero también la mentira que el «équipier» se dice a sí mismo!

Y en todo este enjambre de simbolismos, el deporte emerge como estupendo ejemplo de capitalismo global y hace evidente la hipocresía en que se mueve.

Por su propia naturaleza del deporte moderno empuja a ganar, triunfar sobre el otro. En este sentido, puede considerarse fundamentalmente capitalista. Pero, al mismo tiempo, se apoya en una ideología competitiva: exige que los contendientes estén en igualdad de condiciones al inicio de la prueba, y subraya, que «lo importante es participar», que valores como la ayuda mutua, el compartir o la cooperación son superiores al de la victoria.

Este doble mandamiento (ganar pero ayudar a quienes debes vencer; ser el primero pero que todos sean iguales) es, por supuesto, insostenible, hipócrita. […]

Miembro de un equipo ciclista, y líder del mismo, ¿cómo debo comportarme para alcanzar los objetivos que me han marcado, o sea ganar, sin «machacar» al mismo tiempo a los demás, ya sean compañeros o adversarios?

Y, claro, el deporte se mercantiliza:

El deporte es reflejo de la sociedad. En su forma moderna amplia las características del mundo que conocemos, el mundo capitalista, el mundo de la red, cuyos defectos permite mostrar. Sitúa al individuo en el centro, pero no reconoce ninguna identidad. La estrella del deporte es una imagen, un espectáculo. […]

Me parece que el deporte acentúa este esto de cosas, esta tendencia del colectivo a querer apropiarse de los individuos, fagocitarlos. Al popularizar atletas los mercantiliza.

Y también se datifica y se hace previsible:

Ya no hay un primer atacante en las competiciones ciclistas, ningún corredor alberga la ilusión de que solo él podrá revertir la carrera. Ya no se cree en el efecto sorpresa, en la posibilidad de singularidad. Todo torna previsible, aburrido, repetitivo. […]

Lo que está en juego ahora es tan grande que nada se deja al azar. De ahí la creciente intrusión de la ciencia en el campo del esfuerzo atlético, que está acabando poco a poco con el elemento de locura asociado a los primeros tiempos del olimpismo moderno.

Sobre inteligencia y estupidez, colectiva e individual, un clásico ejemplo: el estrechamiento de la carretera.

Miran la actitud de la manada cuando se acerca un estrechamiento. Un análisis objetivo de la situación dictaría que los corredores deberían pasar el punto difícil con calma, uno tras otro, lo que evitaría cualquier riesgo de caída y no tendría consecuencias para el resto de la carrera. Cada uno, por el contrario, lucha con ahínco por llegar a la zona sensible en las primeras posiciones, provocando así el accidente que intentaban evitar.

Sobre la situación de líder y seguidor, lo que arriesga cada cual y las actitudes latentes:

El maestro es quien arriesga su vida. Es quien ha soportado la mayor presión, quien ha asumido el mayor compromiso físico, quien tiene más que perder, quien está más expuesto al peligro. Tiene el privilegio de dominar. Pero el derrotado, el siervo, también tiene privilegios: el de una cierta forma de confort, de ausencia de responsabilidad, y la seguridad de no morir.

Guillaume recurre al ejemplo de cómo se organizan los bosques de acacias para explicar la forma en que se podría mantener un ecosistema como el que configura el pelotón ciclista profesional:

Los investigadores han descubierto que estas conocidas acacias africanas no solo puedes reaccionar rápidamente ante agresiones de animales haciéndose no aptas para el consumo, sino que también son capaces de transmitir la información a otros congéneres cercanos mediante la emisión de un gas, para que a su vez modifiquen, como medida preventiva, su concentración en taninos.[…]

Las plantas tienen inteligencia, la cual consiste en trabajar como red en un intercambio de buenas prácticas.

Sobre la manera en que construir relaciones interpersonales auténticas y duraderas:

Las relaciones humanas son una especie de póquer: se da tanto como esperas recibir, se juega con la sensibilidad del otro. El equilibrio es inestable, imprevisible. […] un vínculo auténtico solo puede establecerse mediante el intercambio directo y sencillo entre personas. La institución, la máquina o el algoritmo son engañosos: nos hacen creer que es fácil construir una sociedad, una red humana, como si existiera una mecánica del corazón. Destruye, por tanto, cualquier posibilidad de una civilización perenne, honesta consigo misma, consciente de su peso y los problemas que la atraviesan.

Toda una declaración de principios en torno a cómo entiende Guillaume el ciclismo:

A día de hoy es el momento de liberar al deporte de esa ganga utilitaria, político-religiosa, y aprehenderlo como decididamente autónomo, «inútil», inspirado únicamente por los impulsos de sus practicantes. No monto en bici para preservar mi salud, ni para asimilar ningún valor. El ciclismo, en mi opinión, es autosuficiente. Es el lugar para una afirmación desacomplejada de uno mismo, de su individualidad, de su corporeidad, el lugar de la autorrealización.

Y una especie de corolario final:

Campeón o no, la ecuación es sencilla: 1) El ego es lo primero; todo ciclista quiere ganar. 2) El ego no es nada sin el grupo; nadie puede ganar sin compañeros de equipo, el corredor ni siquiera existe sin un pelotón que justifique su existencia. […]

De estos dos puntos, imposibles de conciliar, se derivan todas las contradicciones. …

El pelotón explota y se fragmenta. […]

Por eso, ante los ideales de sollidaridad, yo prefiero la noción de «resolidarización» que designa un proceso permanente de reconexión con los otros y con uno mismo, sin excluir la rivalidad fundamental entre los seres.

Imagen de Dietmar Silber en Pixabay.

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1 comentario

Juanjo Brizuela 03/07/2022 - 18:29

uuffff… me ha gustado mucho Julen… da para mucho debate

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