20 citas de Ciclismo y capitalismo, un sugerente libro de Corsino Vela

by Julen

Gracias a un buen amigo me llegó la referencia de este libro escrito por Corsino Vela y publicado por Traficantes de Sueños: Ciclismo y capitalismo. El subtítulo da alguna pista más: De la bicicleta literaria al negocio del espectáculo. Me encantan los libros que te hacen pensar. Este es uno de ellos. Y no porque lo que explique no sea algo que ya intuyes, sino porque, al leer las argumentaciones una detrás de otra, todas en el mismo lugar, caes en la cuenta del monstruo que –no me cabe duda alguna– hemos creado entre todos. Cuando digo «todos» es porque el espectáculo del ciclismo no funciona sin la complicidad de quienes le hemos dado un espacio a la bicicleta y al ciclismo en nuestras vidas. Ahí estamos como parte necesaria del negocio del espectáculo.

La reflexión no tiene por qué circunscribirse al ciclismo. Se puede hacer extensiva al deporte de élite. Un deporte que pierde progresivamente su carácter, valga la redundancia, «deportivo» para convertirse en vehículo del capitalismo global en que vivimos. Puede sonar fuerte pero, insisto, léete el libro y verás cómo las piezas del rompecabezas encajan. Así pues, comparto aquí, una serie de citas que hacen pensar. Ya sabéis que podéis encontrar una buena cantidad de artículos con citas de libros en este mismo blog. Es uno de nuestros vicios. Los subrayados, eso sí, son de servidora 😉

La compulsión por la reducción del tiempo que rige la marcha del ciclista es de la misma naturaleza que la del proceso de producción general de mercancías; y se opone a la actividad creativa del tiempo no cronometrado, el del viajero y el artesano. ¿Acaso esa especialidad ciclista en la que el corredor lucha contra el reloj no es una magnífica metáfora de la existencia humana sometida al proceso de producción capitalista?

La función primordial del ciclismo como agente de promoción comercial no ha cambiado apenas desde su origen. Lo que ha variado es su mayor repercusión social, su magnitud. Este crecimiento exponencial de su impacto es consecuencia de su inserción en la dinámica económica capitalista en el sector del entretenimiento de masas y de su adecuación a las modernas reglas de la mercadotecnia.

Se trata del sometimiento del ciclista a la disciplina del equipo en el marco de la producción de la carrera espectáculo. El equipo ciclista […] será una máquina en la que el ciclista cumplirá una función específica, ya sea como líder o como peón de brega cuya tarea es llanear, aproximar al jefe de filas a los puertos de montaña, etc.

El padre de Ubú rey [se refiere a Alfred Jarry] llevó el culto a la bicicleta por todas las rutas de la disquisición patafísica. Así lo ha dejado reflejado en sus obras, en las que llega a considerar ese prodigioso invento mecánico nada menos que como un nuevo órgano, una prolongación mineral del sistema óseo humano.

Y ahí andamos, movidos por la compulsión del siempre más, siempre adelante, como si la especie humana, una vez desahuciada del paraíso terrenal, no tuviera más remedio que enfrentar la maldición del ganapán con la píldora dorada de la consigna deportiva (citius, altius, fortius). […] Es así como la contemplación del riesgo ajeno se ha convertido en una actividad más de la sociedad del espectáculo y de la industria del entretenimiento.

Una figura [la del ciclista] que parece haber asumido gozosamente su condición de soporte publicitario, a juzgar por los aspavientos del vencedor de cada etapa exhibiendo con golpes de pecho y mueca de gladiador la marca comercial. Qué contraste con el brazo alzado en un rápido saludo del discreto vencedor de etapa de otros tiempos, más preocupado por largarse a la pensión a lavar el culotte y el maillot que en rendir pleitesía al montaje mediático publicitario. Hasta en esos pequeños detalles se aprecia la sumisión del trabajo ciclista a las exigencias del espectáculo empresarial.

En todo caso, lo que está claro es que los legítimos intereses comerciales han subsumido cualquier atisbo de la ética deportiva. La referencia a la deportividad es tan retórica como anacrónica.

La gesta, como el gesto, es el lugar de lo humano; es la letra con que se escribe la epopeya posible que se resiste a naufragar en la prosa comercial dentro del ciclismo tecnológico. A pesar de la sumisión proletarizada y del transhumanismo del ciclista, que modifica su biología en aras del prestigio de la marca, todavía queda rastro de humanidad en el espectáculo, detectable en la impresivisibilidad y en la eventual genialidad de un gesto gratuito y solidario.

Puesto que, por una parte, la explotación comercial de los triunfos en la carretera está en manos exclusivamente del equipo/empresa y, por otra, la explotación mediático comercial del proceso de producción del espectáculo –las carreras– está en manos de los organizadores, es por lo que hay que considerar al ciclismo como un producto industrial en sí mismo, y no solamente como un espectáculo de la sociedad industrial.

El conocimiento pormenorizado del estado físico del ciclista –y de sus variacions a lo largo de la prueba– es una forma extremadamente científica de explotación intensiva del cuerpo humano. El corredor, monitorizado en tiempo real desde el coche del director, encarna el ideal taylorista de la organización científica del trabajo a través del control exhaustivo del operario.

La carrera responde así al carácter de una producción planificada de acuerdo con un aumento de la productividad que opimice los recursos del equipo, del mismo modo que la fabricación de cualquier mercancía. Para ello, se sigue un cálculo que pone en juego toda suerte de variables (algoritmos), que serán en último término los que determinen cómo, cuándo y dónde atacar en cada etapa, y qué vatios, pulsaciones, concentración de glucosa, etc., son los adecuados para cada movimiento táctico.

En el ciclismo tecnológico, el corredor pierde la capacidad de (auto)gestión de su propio cuerpo y ve coartado su comportamiento a fin de evitar cualquier movimiento extemporáneo, fuera del guion táctico, ya sea demarraje inoportuno o la escapada «irracional» dictada por la íntima experiencia de sus sensaciones, tan aleatorias como las variacions del nivel de glucosa en la sangre de un cuerpo sometido al esfuerzo extremo.

Es precisamente la condición proletarizada del corredor la que convierte al ciclismo profesional en una expresión espectacular del capitalilsmo industrial; al menos así lo indican algunos de sus rasgos característicos: productividad ( maximizar y optimizar el esfuerzo), desarrollo tecno-científico (comunicaciones, bioingeniería, etc.), estrategias de «producción» (planificación y ejecución de carrertas) basadas en la organización eficiente del trabajo (asignación de roles a cada componente del equipo, líder y gregarios) y, a fin de cuentas, el cuerpo humano como fuente de valor de la marca o del equipo realizado en cada victoria.

Está constituida [se refiere a la aristocracia deportiva que rige en el ciclimos de élite] por aquellos ciclistas cuyos ingresos, derivados directamente del ejercicio de su profesión y de la explotación de la imagen personal del deportista, son suficientemente elevados como para fijar su residencia en paraísos fiscales y contratar agentes y consultorías especializadas en la gestión financiera de sus actividades y patrimonio. Este proceso es una consecuencia lógica del hecho de que el ciclista profesional es una mercancía. Tiene un valor de cambio en el mercado, susceptible de ser revalorizado dentro de la economía del espectáculo; una economía eminentemente especulativa, productora de ilusiones o emociones susceptibles de adoptar la forma de valores financieros en el mercado ciclista.

La medicalización y el sometimiento del cuerpo del ciclista a toda suerte de controles y manipulaciones, con el objetivo de obtener la máxima eficiencia de sus recursos musculares y metabólicos, es una consecuencia de la propia lógica competitiva –la ley de hierro es maximizar la potencia– y de la conversión del ciclista en agente valorizador de las marcas comerciales a través del reclamo publicitario.

Hay que entender el dopaje como una industria dentro de la industria ciclista –y del deporte en general–.

El problema sigue siendo cómo mantener la ficción del deporte y sus valores en un contexto plenamente mercantilizado, en el que los valores prevalentes son los del mercado; cómo conciliar la épica del héroe agónico sobre la bicicleta con la prosaica realidad de la cuenta de resultados de un macronegocio publicitario. […] Así, se habla de «complejos vitamínicos», de «recuperadores», de suplementos, etc.; y, también por eso, la diferencia entre tales ayudas médicas y el dopaje la marcan los laboratorios o, mejor dicho, las listas de productos prohibidos con que la entidad gestora del ciclismo internacional (UCI) intenta mantener las formas sin damnificar a la industria farmacéutica y el filón económico que significa la medicina deportiva.

Laurent Fignon afirma que «el deporte de alto nivel no es bueno para la salud. Los intensos esfuerzos a los que se somete el cuerpo y la presión que se sufre disminuyen la esperanza de vida. A ello hay que añadir los riesgos que se corren cuando se deja, cuando se rompe ese ritmo de vida. La reconversión, aunque se tenga dinero, no es un asunto menor».

En una sociedad como la nuestra, ser competitivo es el imperativo categórico que rige la conducta individual. Y en este sentido, el ciclista ya ha trascendido, mediante la manipulación bioquímica, el límite físico del animal humano. ¿Qué sentido tienen las jeremiadas pseudo humanistas frente a una de las prácticas más descaradas del transhumanismo?

Una sociedad en la que los deportes de riesgo, las conductas de riesgo, el afán por forzar los límites físicos, mentales, morales, etc., están a la orden del día y son dinamizadores de segmentos de la industria del entretenimiento no puede aceptar sin embargo que su carácter nihilista se explicite de forma ejemplar y sistemática en un caso concreto, el del ciclista profesional. Liberalizar el consumo de sustancias para que un individuo valorice su cuerpo y sus capacidades físicas inmolándose en el empeño si fuera necesario por razones directamente profesionales, mercantiles, publicitarias, resulta todavía inaceptable para la hipocresía dominante.

Y para terminar todo esto, una canción que me viene constantemente a la cabeza: Amstrong, de Parquesvr.

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3 comentarios

Juanjo Brizuela 06/10/2020 - 08:14

Duro, sinceramente. Tan Duro como TAN REAL.
Me he imaginado otros deportes extremadamente profesionalizados y encaja todo.
En fin

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Julen 06/10/2020 - 09:28

Pues me temo, Juanjo, que a menos no está yendo. Hay una deriva de espectacularización y de supeditación a los intereses comerciales que supongo es lo que marca las reglas.

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Empatizar con el trabajo alienante – Consultoría artesana en red 14/10/2020 - 05:30

[…] Rosa. Llegué a él porque estaba referenciado en Ciclismo y capitalismo, de Corsino Vela, otro libro del que hablé hace unos días aquí mismo ya que incluí 20 citas que me parecieron sugerente…. Isaac Rosa nos plantea una situación muy de los tiempos que corren: ¿por qué no hacer un […]

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