No vemos personas, vemos recursos

by Julen

Supongo que hasta cierto punto es lógico… y contradictorio. Una persona que trabaja para una organización (ojo, que la preposición que eliges es delicada) se convierte, en el 99,9% de los casos, en un recurso. Deja de ser un fin en sí misma para pasar a formar parte de algo que hay que gestionar. Este recurso puede resultar adecuado o no. Los recursos, a fin de cuentas, compiten entre sí en un mercado en el que la tradicional parte empleadora elige en función de lo que es adecuado en un preciso momento.

Por otra parte, llevamos ya un tiempo —uno diría que décadas— con la cantinela de que las empresas deben mirar más allá de sus resultados económicos. Hablamos de su responsabilidad social, de su compromiso medioambiental, de su relación con sus stakeholders y no solo con sus clientes. Es decir, queremos ver a las organizaciones no ya como un lugar de transacción, de intercambio de recursos y de generación de riqueza económica, sino como un espacio en el que las personas se desarrollan y, en consecuencia, crece la competitividad de la institución. Obsérvese el matiz: lo segundo es resultado de lo primero. El orden de los factores importa.

Un recurso se mide, desde la perspectiva de insumo, en horas y en coste. Tiempo y dinero, por un lado. Por el otro, desde la perspectiva de los outputs que genera, cada organización crea sus sistemas de medición, sean formales o informales. Y ahí, en ese juego de me das y te doy se va perfilando una determinada cultura de trabajo.

Cada persona se caracteriza por cierta especificidad, aunque también cuenta con rasgos comunes con otras, y de ahí que se la clasifique: por edad, por género, por raza, por extracción social, por filias y fobias políticas, por estudios, por experiencia, por intereses. Hay muchos criterios. Uno que durante muchos años ha condicionado la clasificación es, por muy delicado que pueda parecer, si eras mujer y estabas en edad de procrear. Esta clasificación te conducía a un lugar delicado: estás bajo sospecha. ¿Por qué? Porque en mi visión transaccional, ligada a entenderte como recurso, me puedes dar problemas.

El tiempo pasó y se comenzó a hablar de conciliación. Ya se sabe, tenemos una vida allá dentro de las empresas y otra fuera de ellas. Esos dos mundos deben entenderse. Por supuesto, la conciliación se tradujo a otros términos. La palabra fetiche fue flexibilidad.

Todo lo anterior me sirve para volver, desgraciadamente, a la casilla cero del juego de la oca. El 99,9% de las organizaciones siguen pensando en términos de transacción porque sus cuentas de resultados representan la única vara de medir de verdad. Y si ese recurso que es la persona —igual que las máquinas, el edificio o cualquier otro concepto que pueda colocar en el lado del coste— no me sale a cuenta haré lo que tengo que hacer: una suspensión temporal de la convivencia. O sea, el despido. O sea, ¡a la puta calle!, que diría Antúnez en Camera Café.

Así que, tras décadas de progreso, ahí estamos: a la puta calle. ¿Por qué? Como recurso —mujer en cierto momento de tu ciclo vital— no me sales a cuenta. No me di cuenta al hacer la selección. Y esto, ojo, no quiere decir que, como recurso, en otro momento y bajo otras circunstancias, pueda considerar que me seas útil. Una mujer en edad de procrear sigue siendo, lamentablemente, un recurso sospechoso de que me salga rana. Como empleador, atado a la cuenta de resultados, ese recurso no me sale a cuenta. ¿Continuamos sin entender que una empresa es parte activa de la sociedad en que se inserta y que tiene evidentes obligaciones sociales?

Me temo que la hipercompetividad no ayuda a entender que junto a la economía productiva hay otro entramado que la sustenta, la ¿economía? reproductiva. Si no nos damos cuidados entre todas esto se va a la mierda.

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