Malpaso, 1.501 metros de altitud

by Julen

Llegará un momento en que no sea capaz. Cada vez se acerca más ese momento. No obstante, sigo pensando que es cuestión de dosificar. El pedaleo será más lento. Quién sabe, quizá hasta disfrute más de ese tiempo que se alarga, porque tardaré bastante más en alcanzar la cumbre de la isla de El Hierro. Esta vez estaba alojado en El Tamaduste. Eso quiere decir a nivel del mar. Malpaso está allá arriba, a 1.501 metros de altitud. Ese es el desnivel a pedalear. Sin prisa. Valiente eufemismo.

Sé que escribir de estas cosas supone reconocer que la edad se impone. Ah, los años. Hace un par de días, mientras estaba leyendo, caía en la cuenta de la tremenda descompensación que se da entre mis dos ojos. Al tapar uno de ellos casi podía leer sin problema alguna. Al tapar el otro, todo era borroso y se arremolinaban palabras que dejaban de serlo porque no había forma de reconocer los caracteres. El cuerpo se rebela y se adentra en un territorio donde supongo que cada vez serán más frecuentes los desajustes. Señales de la edad; es lo que hay, por mucho que Harari diga que viviremos varios cientos de años. De momento, mi generación llega hasta donde llega. Yo, todavía, subo hasta Malpaso en bici.

Hacer cumbre en bici desde El Tamaduste es, desde luego, un ejercicio de paciencia. En mi caso, son alrededor de dos horas y media pedaleando despacio. Hay que dosificar, no queda otra. En semejante periodo de tiempo, en el que todo pasa a cámara lenta, hay tiempo para captar detalles. Todos los que quieras y más. Puedes fijarte en un pequeño árbol junto a la carretera, perder la mirada en el azul del mar o del cielo, descubrir alguna que otra forma caprichosa de las nubes o fijar pequeños objetivos a alcanzar en la subida a modo de estaciones de un particular vía crucis del que imaginas ser protagonista.

A medida que subes, vas tomando cada vez mayor perspectiva: lo que dejas atrás y lo que queda por delante. Miras hacia abajo y allá está el aeropuerto de Los Cangrejos, el barrio de La Caleta y, escondido, El Tamaduste. El mar lo inunda todo, la vista se pierde en el horizonte, con un sol que se empeña en decirte dónde queda el este. Justo acaba de amanecer y la vista impone. Dejamos atrás el cruce al aeropuerto, dejamos atrás el cruce al Puerto de La Estaca, la villa espera.

Como casi siempre, elevar la vista supone encontrar el otro mar tan característico de la isla de El Hierro: el de nubes. Allá, dentro de ellas, las gotas de agua, esa por la que tanto sufrieron los antiguos habitantes, se organizan en forma de lluvia horizontal. Esta vez todo se ve inmensamente verde en la isla. Quiere decir que la temporada de lluvias se está portando. Cruzo toda la villa mientras escucho la algarabía de las niñas y niños que van a sus centros escolares. El futuro por delante. La calle principal me arroja a los brazos de la niebla y el viento que pega del noreste.

Continuamos ruta hacia Tiñor. Prefiero, cómo no, la carretera antigua. Queda olvidada y esparce sus baches aquí y allá. Es un tramo que me encanta hasta volver a la civilización en la rotonda que conecta con la carretera nueva. Saludo a las cabras que salpican de recuerdos el maltrecho asfalto. Tiñor calla ahí arriba. El otro día pasamos por el pueblo y para nuestra sorpresa tuvimos la sensación de que había recuperado parte de su antiguo lustre. Hay casitas arregladas, todas arremolinadas en torno a la ermita de la Sagrada Familia.

De repente el día es otro: superamos la zona nublada y nos encontramos frente a un maravilloso día de sol desde medianías hacia arriba. Tenemos suerte. Otra vez. Entramos, por fin, en la meseta de Nisdafe. Eso quiere decir San Andrés y la mano del hombre, que ha sido capaz de aprovechar estas tierras, sobre todo, para la ganadería. El día se ha vuelto espectacular. El cielo por esta zona es de un azul puro, nítido, inmenso. Al dejar atrás la rotonda que lleva hacia El Pinar y La Restinga, el pedaleo transcurre en soledad. La carretera que antes iba hacia la cumbre y luego descendía a La Frontera ha encontrado la competencia del túnel de Los Roquillos. Allí las bicis, sin embargo, no son bienvenidas. Una lástima. Algo habría que hacer. Cruzamos el Camino de la Virgen: bajaremos luego por él hasta Tiñor.

Dejamos a la derecha el cruce al Mirador de Jinama y seguimos ruta por una carretera amable, modesta, que invita al esfuerzo sostenido. Si el azul es inmenso, el verde de los prados lo es aún más. Hay que alcanzar La Llanía para coger la carretera que termina en la Cruz de los Reyes, junto al Monumento al Campesino. A partir de allí ya apenas quedan 150 metros de desnivel hasta la cumbre de Malpaso, primero por un tramo de la pista que lleva hacia Binto y luego por el tramo final que serpentea hasta la inmensidad del techo de la isla. En la Cruz de los Reyes uno no puede evitar que la imaginación le transporte al mismo lugar pero en día de Bajada de la Virgen. La soledad de este momento contrasta con la algarabía de esa efeméride que cada cuatro años transporta la isla de El Hierro a otra dimensión.

Entre pinos pedaleamos con ánimo. Ahí enfrente está la cumbre, como siempre. Un último esfuerzo y coronamos. Aunque el viento pega con cierta alegría, no hace falta que me abrigue. Hago la foto de siempre: la bici junto al cartel de madera que da fe de dónde estamos. Abajo el Valle del Golfo, al otro lado el Mar de las Calmas. Tranquilidad. El volcán duerme desde 2011.

Bajamos hasta Tiñor por el Camino de la Virgen, que viene desde el Santuario de La Dehesa, con dos zonas bien diferenciadas. La primera entre cenizas, conos volcánicos y un subibaja entretenido con vistas que son puro deleite. Imposible no pararse a tomar más fotografías. Subimos al mirador de Fileba, por donde pasa el sendero de La Llanía, que nos ofrece un pequeño tramo entre el fayal-brezal. Pura emoción, poder rodar de nuevo por aquí.

La segunda parte del Camino de la Virgen nos deja rodar entre los muros de los prados de Nisdafe. La bici corre rápida en bajada. De vez en cuando hay que tener cuidado con las piedras volcánicas que se reparten por el suelo. Dejamos San Andrés a la derecha para encarar otro pequeño tramo entre pinos que conduce al Garoé. Allí me encuentro con un grupo de ancianos excursionistas, diría que alemanes. No hay duda de que conforman un auténtico prototipo de viajero en esta isla. Van bien pertrechados con sus bastones, se les ve alegres. Me saludan y uno de ellos se anima a gritar algo así como: ¡Qué bien sin bastones! Pues sí, los hay que han aprendido castellano.

Hemos dejado atrás las rayas del Cepón, la Llanía, la Mareta, las Cuatro Esquinas y a través de la de Tejeguete llegamos a Tiñor por una bajada empedrada que obliga a estar atento en la conducción. Estamos en la ermita de la Sagrada Familia. Aquí dejo el Camino y me acerco de nuevo a la carretera antigua que me conduce hasta el embalse superior de la Gorona del Viento, donde, por fin, de nuevo, nos damos de bruces con la civilización, que, por lo que se ve, necesita energía para sobrevivir. El Hierro ha sabido moverse hacia las energías renovables. Nos alegramos.

Solo queda la bajada final en un abrir y cerrar de ojos de nuevo hasta El Tamaduste. Esta vez se cruza la villa por la calle de arriba, por la Avenida Dacio Darias. Dejo que la bici corra. La hora que me llevó alcanzar el mirador del parque eólico a primera hora de la mañana se transforma en poco más de 15 minutos para volver al lugar de origen. El Tamaduste sigue ahí, coqueto con su charco. El tiempo se detiene. La bici con él. Otra vez hemos subido a Malpaso y hemos bajado por el Camino de la Virgen hasta Tiñor. Las tradiciones lo son porque repetimos los mismos actos una y otra vez. Será que nos gusta.

Enlace a la ruta en Strava: https://www.strava.com/activities/6696148290

La foto de siempre en Malpaso

La foto de siempre en Malpaso

El Valle del Golfo y los Roques del Salmor

En el mirador de Dos Hermanas

Cono volcánico desde el mirador de Fileba

Tramo del Camino de la Virgen entre el fayal-brezal

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