¿Innovar? ¿Por qué no una coevolución responsable?

by Julen

No tengo duda alguna de que, al menos en esta parte del sur de Islandia, la innovación hace tiempo que es un imperativo en la gestión. No hay plan B: o innovas o mueres. Alrededor de la innovación se fue creando una liturgia que hoy es de obligado cumplimiento. Tenemos que definir objetivos para innovar —por supuesto pegados a la estrategia—, diseñar una sistemática para desplegarla, dotarnos de herramientas y técnicas —las hay a paladas— y, finalmente, medir lo que conseguimos. Todo ello involucrando al personal propio y en complicidad con clientes, proveedores y, en general, con nuestros grupos de interés. A ver quién dice que esa no es la forma.

Innovar es una actitud. Requiere ir por delante de. Antes que nadie, ahí estás tú. Puedes innovar en producto o servicio, pero también admitimos pulpo como animal de compañía y entonces aceptamos que puedas hacerlo en aspectos significativos de la gestión: en el marketing, en cómo te organizas o en cualquier proceso que consideres relevante. La innovación dibuja un campo de juego tan amplio que siempre podrás encontrarte en tu salsa.

Claro que hace ya muchos años un tal Keith Pavitt nos mostró que depende del sector en el que trabajamos, las cosas pueden matizarse. Es lo que se conoce como la taxonomía de Pavitt, una aproximación que cualquiera que esté metido en el mundo académico conocerá. Sin embargo, quizá hay otro concepto que Pavitt puso sobre la mesa y que a lo mejor no ha tenido tanto recorrido mediático. Me refiero a la idea de la innovación contingente. Más o menos sigue la línea de su argumentación anterior.

Pavitt nos dijo que, según en que escenario te encuentres, algo puede resultar innovador o no. Es decir, que no hay una medida absoluta de la innovación, sino que no queda otra que moverse en términos comparativos. Depende, todo depende, como decía el estribillo de esa conocida canción de Jarabe de Palo. ¿Introducir estrategias de precio dinámico? Lo siento, si operas en el transporte aéreo o en la hostelería, es moneda de uso corriente. ¿En otros sectores? No tengo duda de que en alguno sería disruptivo. Porque, claro, la innovación puede ser incremental o disruptiva; pero también puede no serlo. Depende, todo depende.

Particularmente creo que una de las claves de la competitividad contemporáneta de cualquier organización pasa por manejar información. «Manejar» quiere decir tratarla adecuadamente en todo su ciclo de vida. Esto quiere decir que primero hay que captarla, luego diseminarla allá donde haga falta y después aplicarla a una toma de decisiones que marcará las diferencias. Me gusta jugar con el símil de la ventana abierta. En una organización tiene que correr aire. Tenemos que dejar que entren inputs del exterior para coevolucionar con los agentes que conforman la cadena de valor de nuestro sector. Por cierto, con una idea cada vez más amplia de «sector».

Así pues, ¿hay que innovar? Vale, si quieres ponerte pesado con el término, te lo compro. Pero que sepas que me creo a pies juntillas el mensaje de fondo de Pavitt. La innovación puede serlo o no, depende de en qué contexto la ubiquemos. Así que quizá me sienta más cómodo si hablamos de una coevolución responsable. Cuando añado este adjetivo es por aquello de que llegar a la cima tú solo puede no servir. A no ser que te guste hacer solitarios. El progreso solo lo es si miramos a nuestro alrededor y sentimos que los demás también avanzan.

Quizá ha llegado el tiempo de pasar página y dejar a un lado ese palabro de uso tan extendido y a veces afectado de la llamada afasia de Wernicke. Y sí, escribí de ello en ¡¡¡20007!!! Cómo pasa el tiempo 😉

Imagen de sergei akulich en Pixabay.

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