Alpiste: Planta anual de la familia de las gramíneas, que crece hasta 40 o 50 cm y echa una panoja oval, con espiguillas de tres flores y semillas menudas. Toda la planta sirve para forraje, y las semillas para alimento de pájaros y para otros usos. Esta es la primera acepción de la RAE. Pero hay otra que dice que dejar a alguien sin alpiste es «privarlo de los medios de vida». Las redes sociales en Internet conforman en la actualidad un complejo entramado a través del cual nos dan alpiste para sobrevivir. Una vez que hemos caído ahí dentro (casi) parece no haber vuelta atrás. Necesitas más y más. Nos convertimos en yonkis de la dopamina, como nos suele recordar Marta Peirano, y hay que continuar jugando. Dejar de hacerlo es quedarte sin medios de vida.

Strava es como el Facebook de quienes andamos en bici o corremos. Es una red social que ha conseguido que, tras cada salida al monte, tengamos que subir nuestros registros. Strava se encarga de irlo midiendo todo para decirte qué tal vas. Sí, te compara con tus datos, pero la gracia está en que te compara con todo lo comparable. Mientras pases por caja, claro. Tú le das los datos, le pagas tu correspondiente cuenta premium y a disfrutar de la alegría de la competitividad en un mundo moderno en el que necesitamos dopamina para levantarnos cada mañana.

Cuento esto porque soy de los que cayó dentro de la trampa. Permitidme que lo llame así: trampa. Sea medidante tu teléfono móvil (eso que llevamos el 99,9% de la población porque hay una persona, mi madre, que no lo usa) o mediante tu GPS específico para tu actividad física, el registro es el registro. En mi caso, con mi estupendísimo Garmin Edege 1030 consigo saber todo y más de lo que necesito para disponer de feedback inmediato. Ahí están mis pulsaciones, mi distancia, mi media de velocidad, el tiempo que me ha llevado o el rango de temperaturas en que he pedaleado. Y luego, ahí está también lo que el dispositivo o su primo hermano Strava me dicen a partir de lo que interpretan: qué tal ha sido mi esfuerzo comparado con mi actividad habitual, cómo voy comparado con el mundo mundial o con la gente de mi edad o de mi peso, cuánto líquido debería haber ingerido, cómo está mi forma física.

Strava también me dice que tengo que trabajar por objetivos. No podía ser de otra manera. Necesito motivarme porque yo, claro, soy un tipo competitivo que tengo que dar lo mejor de mí mismo. Strava está ahí para recordármelo. Ponte objetivos porque esa es la forma. Y me lanza retos. Porque mis amigos, los colegas que tengo añadidos a mi red en Strava, también lo hacen. Se han apuntado a subir 7.500 metros de desnivel acumulado, a hacer una ruta de más de 100 kilómetros en un día o a superar no sé cuántos kilómetros recorridos en un mes. El asunto funciona así: te apuntas a los retos y luego te darán los caramelos en forma de insignias por haberlos conseguido. Podrás elevar tu autoestima porque la comunidad sabrá que eres la hostia.

Tim Harford publicaba hace poco un artículo en el sitio web de la BBC que titulaba: Qué revelan las máquinas tragamonedas sobre el poderoso negocio de la adicción. Allí nos cuenta lo que ya intuíamos. Las máquinas tragaperras que mejor funcionan no tienen por qué ser las que más premios otorgan a quienes juegan con ellas. No, el asunto es más sangrante: parece que las mejor funcionan son esas en las que parece que dan premios porque los rodean de los ingredientes adecuados. En realidad no premian, pero parece que lo hacen.

En una máquina estudiada por investigadores, 100 giros producían 14 ganancias reales -la máquina devolvía más de lo que el apostador había puesto- y 18 falsas ganancias -en las que el jugador recibía algo con gran fanfarria, pero menos de lo que había apostado-.

El mismo equipo de investigación pasó a demostrar en experimentos de laboratorio que una máquina con esa tasa del 18% de falsas victorias era más adictiva que las máquinas con muchas más o muchas menos falsas victorias.

Necesitamos falsas victorias para seguir jugando. Strava lo sabe. Necesita que sigamos jugando para que el negocio siga siendo rentable. Así que nos dan alpiste. Y nosotros nos acostumbramos al alpiste; no podemos vivir sin él porque sería «privarnos de los medios de vida», tal como lo definía la RAE. Así está montado el chiringuito. Seguimos corriendo, seguimos pedaleando. La rata de laboratorio en que nos hemos convertido para las redes sociales sigue frenética sin parar. Cada salida al monte es una cuestión vital. ¿O viral? Luego llega el alpiste y ya nos tranquilizamos. Esperamos que los colegas nos den kudos como nosotros se los damos a ellos. ¿Cuántos tienes? Eres el rey del mambo. Pero que te quiten el alpiste y ya verás lo dura que será la caída.

Tenemos que felicitarnos. Somos más sanos, hacemos más ejercicio, nos sentimos más en forma. Strava nos ayuda. Qué sería de nosotros sin semejante alpiste. Se me queda, eso sí, cara de tonto.

Imagen de Hannah M. en Pixabay.

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