La subida a La Covatilla

by Julen

LaCovatilla

Cuando decidí que me venía 12 días a esta zona ya sabía que subiría a La Covatilla. Al lado de Béjar, es en invierno una estación de esquí que tiene su base a 1.960 metros de altitud y a la que se accede por una carretera que serpentea desde La Hoya, aunque la subida viene desde atrás en Navacarros o si quieres desde el mismo Béjar. Para salvar el desnivel la carretera describe una cuantas zetas y permite admirar una vista amplia de los alrededores. La Covatilla, no obstante, me suena sobre todo a final de etapa de la Vuelta.

Arriba ahora en verano no hay nada de nada. Unas instalaciones cerradas con una verja que te dice: Majo, hasta aquí has llegado pero de aquí no pasas. La subida es dura, con buenos porcentajes, pero nada que con ánimo y sin prisa no pueda subirse. Como siempre, no es tanto el desnivel sino que sepas subirlo a un ritmo con el que puedas. No hay otro secreto.

Reconozco que disfruto con este tipo de subidas. Por momentos me recordaba a otra que hice ya hace un par de años en la Transandalus para subir desde Abla hasta la sierra de Baza, salvando algo más de 1.000 metros de desnivel. En buena parte de aquella subida también la vista se perdía en horizontes lejanos. Esta de La Covatilla es más explosiva, con desniveles más pronunciados, pero ambas son de esas de sol a plomo. Los árboles brillan por su ausencia.

Comento esta subida porque, en realidad, es como tantas otras. Vas mirando cómo el altímetro recoge el esfuerzo e indica que cada vez estás más arriba. La velocidad, de risa. Los diez kilómetros por hora son algo que ya volverá en otras circunstancias porque aquí se sube a mucha menos velocidad. Los kilómetros pasan a ser metros y cuentas estos de diez en diez o, si andas inspirado, de cien en cien. Muy despacio, los nueve kilómetros desde abajo van pasando como a cámara lenta, muy lenta.

Y una vez cogido el ritmo, para arriba. No me hace falta parar porque ya me conozco. Las pulsaciones van controladas, el esfuerzo no es excesivo. Sí, la subida se hace llevadera. Empieza entonces a ser algo con lo que jugar. Jugar a buscar esa referencia allá arriba y pronosticar cuántos metros más habrás ascendido cuando pases por ella. Jugar con no pasar de ciertas pulsaciones. Jugar con pequeños detalles del paisaje, con las plantas, con las piedras, con los insectos, con la carretera. La lentitud permite fijar la mirada en un número infinito de detalles.

Y disfrutas. La subida me llevará algo más de hora y media. Y apenas diez minutos será lo que tarde en bajar. Porque bajando no hay detalles. Es otro tipo de placer. Es la velocidad, el fresco en la cara, la carretera que desaparece bajo las ruedas, las curvas enlazadas.

La subida es en sí mismo otro mundo. Me niego a pensar en ella como un sufrimiento. No, no creo sufrir en esas condiciones. Es otra forma de disfrutar; la que proporciona la percepción de los hechos. Es la manera en que interpretamos las señales del cuerpo lo que produce placer o dolor. Y aunque arriba del todo el músculo pretibial anterior de la pierna derecha se puso un poco tonto, me niego a pensar en que fuera dolor.

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4 comentarios

Txetxu 27/07/2012 - 06:30

Seguro que lo del pretibial coincidió con la caída de twitter 😉

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Julen 28/07/2012 - 06:17

Conexiones improbables 😉

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Alberto 27/07/2012 - 14:32

Pues muy bien, Julen. No sé si hay que llamarlo sufrimiento y pensar en un cierto grado de agrado con el dolor que algunas personas parece que tenemos (luego, está el grado pero eso es otro tema). Quizás se encuentre extendida la idea de que el placer , la diversión, el disfrute … se producen cuando el esfuerzo, de cualquier tipo, no existe. Pues no sé pero, joder, ya me hubiera gustado subir – y sudar – contigo. Mañana salgo de paseo unos días. Ya hablaremos. Un abrazo

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Julen 28/07/2012 - 06:16

Alberto, tiempo hay para subir tantos y tantos puertos en los que «sentir» cosas parecidas. Que te vaya bien el camino. Ayer anduve por la Ruta de la Plata: no vi a nadie. Pero nadie nadie…

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