El comedor

by Julen

Nuestra casa tenía un comedor. Era así como llamábamos a aquella habitación que, casi siempre en cierta penumbra, recuerdo con una mesa y unas sillas enormes. Porque representaba, sin lugar a dudas, la idea de habitación noble, esa a la que solo se daba uso en ocasiones muy especiales. Sí, un comedor que empleábamos dos o tres veces al año. Quizá exagero. A lo mejor eran una o dos. Para nosotros representaba casi un lugar prohibido. Aquel no era sitio de niños.

Esa era su condición, la que lo distinguía del resto de las habitaciones. Disponía de más espacio y contaba con ventanales e incluso con su propio balcón. Pero la vida no transcurría, ni mucho menos, allí. Abrir aquella doble puerta que daba paso al comedor era penetrar en otra dimensión. Únicamente alguna razón de peso semejante justificaba acceder a él. Si no la había, el comedor quedaba al margen de nuestra vida.

Sin embargo, mi hermana y yo teníamos otra curiosa conexión con el comedor. De vez en cuando tocaba limpiar alguna cubertería. Entonces había que esmerarse. Era casi como un juego. Pieza a pieza, le aplicábamos un producto que nuestra madre racionaba con habilidad y se operaba el milagro. Claro que después de frotar a conciencia. No es que saliera un genio, porque no recuerdo lámpara alguna, pero sí obteníamos la satisfacción de volver a ver cómo brillaban los tenedores, las cucharas y los cuchillos.

De todas formas, no sé muy bien cuándo, los privilegios del comedor terminaron un buen día. Ocurrió, lógicamente, que dejó de serlo y se convirtió en sala. Creo que tuvo mucho que ver que la televisión ocupara un lugar central en la vida familiar. Aquel aparato exigía sofás y un espacio de cierta dimensión a su alrededor. Así, pienso, es como el comedor murió. A manos del progreso disfrazado de televisión familiar.

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