Tenis contra la pared de la cuadra

by Julen

Como nuestra casa quedaba al final del barrio, pasaba bastante tiempo jugando solo. Se me daban bien la raqueta y la pala. El frontón quedaba lejos. Por eso de niño me construí mi propia cancha de juego, que era a la vez pista de tenis y frontón. Me servía para ello la pared de la cuadra. Allí una línea horizontal separaba la buena de la mala. Y unas toscas líneas en el suelo delimitaban el campo.

Mis partidos contra la pared de la cuadra siempre enfrentaban a dos contrincantes, aunque el único que peloteaba era yo. Podía ocurrir que fuera yo mismo quien compitiera contra cualquier figura del tenis mundial —casi siempre les ganaba— o que me diera por enfrentar entre sí a dos de ellos. En este caso, por supuesto, elegía a Björn Borg y asunto arreglado: ganaba de igual forma.

Aunque a veces jugaba con la pala, lo normal era la raqueta. Podía practicar el saque, golpear de revés, hacerlo más fuerte o más suave y hasta algún que otro smash. Supongo que era yo quien elegía al ganador y la dinámica de la competición, aunque no descarto que el juego de alguna forma me poseyera y que el que iba a remolque de él fuera yo. Cosas de niños.

No sé hasta qué edad jugué aquellos partidos contra mí mismo. Sé que me encantaba. Aquella inversión en horas dando raquetazos tuvo incluso su premio porque años después llegaría a ganar un torneo escolar en Inglaterra en una estancia de verano. Aquello fue sobre una pista de tenis de verdad. Gané, recuerdo, muy fácil, sintiendo que quien golpeaba la bola era alguno de mis ídolos tenísticos de la infancia. Claro que no sabían que yo jugaba con ventaja porque podía, durante el partido, adoptar distintas identidades.

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