La cocina

by Julen

La cocina era pequeña. La mesa, de mármol, junto a la pared. La ventana daba al sur. Allá enfrente estaba la encina. No sé por qué, pero la recuerdo más en invierno. Teníamos una estufa de butano. Con el frío el cristal de la ventana se empañaba y no había forma de evitar que nuestros dedos jugaran a dibujar en ella. Fuera sabías que hacía un frío de pelar; así que allí dentro, al calor de la estufa, se estaba de maravilla.

Aunque normalmente mi madre colgaba fuera la ropa para secar, a veces la recuerdo allí dentro. Porque había dos cuerdas, de lado a lado, muy cerca del techo. Sin embargo, servían, sobre todo, para colgar las bacaladas. Sí, más que ropa recuerdo bacaladas. A mi abuelo le encantaban. Siempre le gustó la sal. Eso sí, cuando se colgaban las sábanas a secar el olor del detergente inundaba la cocina y todo cambiaba. Todavía soy capaz de recordarlo.

En la cocina había un balde de color amarillo con agua. Era la que bebíamos y la traíamos del pozo de la tía Aurora. Aunque podíamos beber el agua del grifo, la costumbre era hacerlo de la que sacábamos de aquel pozo. Recuerdo perfectamente la polea y el balde de zinc. Descendía vacío y, al llegar a tocar el agua, un movimiento rápido de la cuerda lo volcaba hacia abajo. Se llenaba y a subirlo poco a poco.

La tradición era usar un katilu para beber el agua del pozo. Uno para todos. Era fino, de zinc, y tenía el fondo algo deformado. Siempre estaba en la cocina. Aquel era su sitio, junto al balde amarillo.

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