El verdín

by Julen

En casa mi abuela estaba obsesionada con que nos teníamos lavar bien detrás de las orejas. Nunca supe muy bien qué había allí, en aquel hueco, pero algo debía de haber para que mi abuela insistiera tanto. Porque la higiene, cuando eras niño, se ve que razonaba de otra manera. Convivir con la suciedad formaba parte del encanto de ser aún una pequeña criatura. Lavarse era claudicar. Por eso tampoco entendía muy bien el problema de ensuciar la ropa.

Claro que había algunas manchas que se asemejaban a los pecados capitales que me enseñaban en clase de religión. Creo que el más grave de todos ellos era volver a casa con manchas de verdín en la zona de las rodillas del pantalón. ¿No lo entendían? Un portero de verdad, de los que jugaban al fútbol en la Primera División, tenía que tirarse al suelo y el suelo era de hierba en las campas en las que jugábamos.

La culpa era por hacerme llevar pantalones largos, ¿no? Porque con unos cortos el asunto quedaba resuelto en origen. El verdín era lo peor. Más valía asumir la culpa y explicar de la mejor manera posible que había sido un accidente, que uno no había querido, que las circunstancias, que el destino fatal, que lo que fuera. Pero no, la culpa no era mía.

Además, yo tenía rodilleras. Iribar era mucho Iribar. Y si él se había puesto rodilleras, ya lo siento, pero no había discusión posible. Si hacía falta las pedía para los Reyes Magos. Creo que tuve dos pares en mi pequeña vida de portero de fútbol en el barrio. Porque las rodilleras estaban para usarlas. Así que había que terminar el partido con ellas maltrechas. Allí estaba la huella del verdín. Menos mal que las rodilleras no eran los pantalones. La bronca no tenía comparación.

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