El maíz

by Julen

No sé muy bien por qué, pero siempre lo cultivábamos en la misma pieza. Era la que llamábamos el Callejo y quedaba no muy lejos de una central eléctrica, al otro lado del pueblo. La del Iberdueros. Ir hasta allí era toda una excursión. Al menos, eso me parecía a mí cuando era niño. Hoy esa pieza ya no existe, sepultada bajo la autopista que sale hacia Cantabria. Cosas del progreso, supongo.

De vez en cuando iba con mi abuelo a ver cómo crecían las plantas de maíz. Solíamos ir con la burra. Eso quería decir casi con toda seguridad que yo iría montado en ella. Todo un lujo. Junto a nosotros, el perro. Esa era la particular procesión camino del Callejo. Una vez allí siempre había cosas para hacer: quitar hierbas malas, repasar los cierres de la finca o, si ya estábamos en época, cortar las plantas y recoger las boronas.

Aquellas plantas de maíz, mientras estaban frescas, eran alimento para los animales. Cargábamos la burra (mi abuelo siempre buscaba la forma de hacerme hueco para que fuera allá arriba) y de vuelta a a casa. Cuando se secaban, sin embargo, servían, entre otras cosas, como base para una especie de camastro que tenía mi abuelo allá en la cuadra de las vacas.

Recuerdo cómo íbamos separando las boronas del tallo y de las hojas, comenzando siempre por aquella especie de cabellera dorada que remataba la planta. En casa los granos de maíz eran, básicamente, para las gallinas. Siempre me dijeron que cuanto más maíz comían, mejor sabían los huevos fritos. El caso es que cuando las yemas salían de un color amarillo intenso, casi naranja, entonces me decían: Mira, esta gallina sí que ha comido granos de borona.

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