Las guadañas

by Julen

Julio era el mes de enfardar la hierba. Era un trabajo complejo, que empezaba un par de semanas antes, cuando se segaba la hierba para luego dejarla secar durante un tiempo hasta que, por fin, se pudieran hacer fardos. La siega la hacíamos con guadañas, aunque ya recuerdo alguna que otra motosegadora. Sin embargo, era obvio que no había color. A guadaña segábamos mucho mejor. Aquellas máquinas hacían trabajo bruto; nosotros, en cambio, fino.

Digo «nosotros» porque, aunque no como los mayores, pero sí que me dejaban algún trozo para segar. Normalmente mi abuelo elegía alguna zona con hierba más fácil para mis limitadas condiciones de destreza y fuerza. Las guadañas se preparaban bien. Además de que estuvieran bien afiladas, se picaban. Casi siempre teníamos dos o tres en casa. Sin embargo, yo ya sabía que mi abuelo tenía siempre su preferida.

Porque mi abuelo era el que mejor segaba de todo el pueblo. No era cuestión de cantidad. Seguro que los había que segaban más deprisa, pero yo siempre me fijaba en aquella especie de danza ritual cuando mi abuelo cogía la guadaña. Como decía, tenía que estar bien picada para que la hoja de corte quedar lo suficientemente fina. Pero, además, antes de comenzar el trabajo, se humedecía la zona en que el metal y la madera se unían. Y luego, por supuesto, había que saber afilarla con la piedra que, casi siempre, iba dentro de un cuerno hueco de vaca, con un poco de agua en su interior. Se afilaba con pasadas alternos por un lado y otro del metal, comenzando por la zona más alejada de la punta.

Las guadañas, cuando no se usaban, quedaban colgadas en la cuadra de las gallinas. Me insistían en que ni me acercara. La horquilla y la guadaña eran herramientas prohibidas. Solo las podía usar si mi abuelo me las daba en mano. Yo sabía la edad de cada guadaña por el ancho de la hoja de corte. Cuanto más fina, más antigua. Siempre había alguna que se apuraba más. Eso quería decir que era una buena guadaña. Mi abuelo, por supuesto, era la que me dejaba para que segara. Para el nieto, siempre lo mejor.

Más recuerdos relacionados con la hierba: Hacer hierba y otro muy especial, por el que me concedieron en su día un premio de relato corto, Björn Borg y la hierba.

Imagen de Salyasin en Pixabay.

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