Calabazas

by Julen

En casa las calabazas siempre fueron alimento para los animales. Como los nabos. De mayor por supuesto que he comido calabaza, por ejemplo, en crema o en sopa, pero de pequeño fue solo un alimento que, cortado a grandes trozos, comían las vacas. Recuerdo a mi abuelo sentado en un taburete bajo de tres patas, todo él de madera, cortándola con la hoz. Supongo que era una delicatesen para nuestras vacas.

Las calabazas encerraban, además, el misterio de su tamaño. No solíamos plantar muchas, pero era todo un espectáculo ver cómo alguna de aquellas moles iba creciendo. Mientras lo hacían, quedaban dispersas, esparcidas por el suelo, y, aunque parezca raro, a veces no era fácil descubrir a aquellos pequeños gigantes. Por fuera jugaban a disfrazarse con sus trajes de motas, entre verdes y amarillos. Por dentro, en cambio, siempre las recuerdo igual, con un intenso color naranja.

Pero las calabazas guardaban otro tesoro para mi hermana y para mí. Cuántas pipas habremos comido de pequeños. Allá dentro de la calabaza se escondía aquel manjar. Había que dejarlas secar hasta que pudiéramos, por fin, abrirlas. Nuestros dedos habían adquirido la destreza suficiente como para quitarles la cáscara en un abrir y cerrar de ojos. Era un buen entretenimiento.

Y sí, también, aunque muy rara vez, nos dejaban jugar con las calabazas. Vacías por dentro, conseguíamos que tuvieran boca, nariz, ojos y hasta orejas. Dentro, una vela. Aquello era la excepción. Porque con las cosas de comer, a pesar de que fueran, como en este caso, para los animales, no se jugaba. Por eso quizá, aunque sé que lo hacíamos, no soy capaz de recordar ninguna fiesta con otros niños en los que aquella calabaza fuera la referencia. Olvidaros de Halloween. En mi infancia no existía.

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