Patatas

by Julen

Si había un cultivo fijo en la huerta familiar, era el de patatas. Casi siempre de dos clases: blancas y rojas. Creo que, junto a la leche y los huevos, constituían uno de los alimentos básicos que recuerdo en casa. Además, entre los trabajos que requerían, se incluía una de las pocas tareas en que a mí, como niño, me dejaban llevar a cabo como si fuera mayor. Porque el cultivo de las patatas, además de por fin sacarlas de la tierra, requería limpiarlas de malas de hierbas y sallarlas.

Mi recuerdo más nítido es el del caco, un azadón especial, con solo dos puntas. Era la herramienta fundamental para ir, planta a planta, cavando con la pericia suficiente como para que ninguna de aquellas dos puntas traspasara el tubérculo. Si así sucedía, era fácil escuchar algún juramento de mi abuelo, que era el que guiaba mi trabajo. La operación de cavar tenía su truco porque había que hincar el caco en algún punto alrededor de la planta con el fin de ahuecar la tierra y conseguir que las patatas salieran a la superficie. Sí, era técnica.

La cosecha solía ser abundante y daba para luego almacenarlas. Las subíamos al camarote y las extendíamos allí para irlas consumiendo poco a poco. Las que permanecían más tiempo se llenaban de pequeños tallos que les brotaban de los «ojos». Se iban arrugando. Eran patatas viejas por oposición las nuevas, tersas y lozanas.

Siempre hubo patatas en la huerta. Incluso hasta hace pocos años. Mi madre ha mantenido su cultivo como parte de la tradición. Siempre tiene que haber patatas en casa. Creo que no se puede concebir la alimentación sin ellas. Al menos en mi cosmovisión infantil: el mundo incluía, sí o sí, patatas.

Imagen de Couleur en Pixabay.

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