Los vahos de eucalipto

by Julen

A veces cuando escucho hablar de la invisibilidad de la mujer en muchos ámbitos de la vida, me acuerdo de mi abuela. Apenas soy capaz de recordarla a pesar de que cuando murió yo ya tenía 12 años. Pensar en mi abuela es pensar en alguien mayor, muy mayor; muchas veces tosiendo, dedicada a las cosas de casa. La escucho regañarnos también porque no nos lavábamos bien detrás de las orejas.

Pero quizá mi recuerdo más nítido son sus vahos de eucalipto. Porque allí en casa, no sé muy por qué, teníamos un enorme eucalipto. A mi madre siempre le dio miedo. Los días de viento sur, que era cuando las rachas solían ser más violentas, sus ramas se cimbreaban de tal forma que parecía que se iba a venir abajo. Pero aquel viento siempre traía detrás multitud de bayas repartidas por el suelo.

De pequeño recuerdo que a veces metía dos o tres en los bolsillos del pantalón y cuando metía las manos dentro jugaba con ellas entre los dedos. Me gustaba cómo olían. Porque aquellas bayas y también las hojas del eucalipto era lo que utilizaba mi abuela para hacer sus vahos. Allá en la cocina quedaba todo impregnado de aquel olor tan característico. Sí, mi abuela es, en gran parte, aquella mujer mayor tapada con un chal mientras su cabeza se inclinaba hacia aquella enorme cazuela mágica de la salían los efluvios sanadores.

Claro que, con el paso de los años, llegó el momento en que, por fin, cortamos el eucalipto. Eso fue mucho después de que mi abuela muriera. Mi madre se quedó más tranquila sin aquel gigante junto a a nuestra casa. La encina, el roble y el nogal perdieron a su vecino grandullón. Dejó de haber bayas por el suelo.

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