La leche de las vacas

by Julen

Es imposible que la leche no forme parte de mi infancia. Pero no la leche materna, sino la de las vacas. Un recuerdo nítido, por ejemplo, es el de mi abuelo sentado en un tosco taburete de madera arrimado a una de las dos vacas. Primero le habla, la tranquiliza, tiene que ganarse su confianza. Luego sus dos manos, enormes, se deslizan por las ubres del animal, de arriba a abajo, en un movimiento rítmico, diría que a modo de caricia. Primero dos ubres, luego las otras dos. El chorro sale disparado hacia un balde metálico que poco a poco se va llenando.

A veces la vaca juguetea y se defiende con el rabo. No sé si lo hace sin querer o no. Desde fuera parece un movimiento amable, aunque sé que a mi abuelo se le escapa algún juramento de vez en cuando. La liturgia sucede dos veces al día. Esa leche que dan las vacas es una parte fundamental de la economía familiar.

Luego de ser cocida, sirve como alimento básico. Pero también repartíamos leche en la vecindad. A veces acompañábamos a mi abuela con las cacharras. Hola, buenas tardes. ¿Dos litros, como siempre? En casa habíamos medido antes las cantidades que cada vecina nos pedía. El barrio ya sabía del ritual. Si mi hermana o yo íbamos con mi abuela, entonces hasta podía caer algún caramelo.

La leche era el principio. Flanes, queso fresco, bocadillos de nata y azúcar, tartas. Todo aquello a partir de la leche. Primero dos ubres, luego las otras dos. Arriba, abajo. Suave suave. Venga, ponte, que tienes que aprender. Y entonces yo, con mis cinco o seis años, me sentaba a intentarlo. Era tarea de mayores. Mi abuelo, atento a que la vaca me aceptara. Nunca se fiaba. Yo, en cambio, cuando le veía ordeñarlas, creía que abuelo y vaca eran casi una misma cosa. Tan delicado y fluido me parecía aquello.

Imagen de analogicus en Pixabay.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.