Katiuskas

by Julen

Llovía, vaya si llovía. Los años de la infancia quedan en la memoria repletos de cahaparrones, de cielos oscurecidos y días desapacibles. El viento venía del Serantes, como el agua. Era lo que tocaba. Porque el agua formaba parte de esas bendiciones que conseguían que creciera lo que mi abuelo sembraba en la tierra . La lluvia siempre tuvo buena prensa en casa. Siempre hacía falta.

Para un niño, el agua de lluvia era, en gran parte, sinónimo de katiuskas. Fuera para ir a la escuela, para salir por los alreedores de casa o para bajar a la huerta o a las campas, las katiuskas eran la protección contra la lluvia. Las tuvimos de diversos colores y dibujos. Eran un calzado infantil del que nunca supimos por qué se llamaban así, con aquel nombre tan ruso, tan extraño. Las katiuskas eran niñez.

De vez en cuando las había que daban guerra para calzarlas. Aquella goma no dejaba resbalar bien el pie y había que hacer fuerza. Me viene la imagen de mi madre esforzándose para que las cosas encajaran. Porque no había otra: si llovía, katiuskas. Altas, casi hasta las rodillas, les cogías cariño. A fin de cuentas, era un calzado diferente de los demás y permitía un poco de diversión.

Ya se sabe que los charcos atraen a los niños. Sí, aquellos charcos eran motivo de juego. Servía simplemente con entrar en ellos con las katiuskas bien puestas y chapotear un poco. Lo justo hasta escuchar alguna reprimenda. Una liturgia que se repetía una y otra vez. Claro que llegaba el día en que volvías a casa y le explicabas a tu madre que se habían roto, que te había entrado agua. Hasta ahí habían cumplido. Tocaba comprar un nuevo par.

La imagen, de Pixabay, está tomada de The Weather Channel.

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