La encina

by Julen

La casa se construyó en 1927. Yo lo sabía porque en el balcón del camarote había una placa que lo indicaba. Mi abuelo siempre contaba que la hicieron con un primo que era muy listo, que había estudiado y trabajaba en las oficinas de la Babcock&Wilcox. Pero el edificio se aprovechó también de la sabiduría popular. Plantaron una encina porque había que quitarle viento a la casa y allí el más fuerte, aunque no el más frecuente, era el viento sur.

Yo siempre vi la encina como un árbol grande y frondoso. Así como a otros de los alrededores recuerdo haber subido alguna vez, la encina pertenecía, en cambio, a otro grupo de árboles. No voy a exagerar, pero se daba un aire serio y formal. Ella no era un árbol como los demás, ella estaba allí para cumplir una función. Y lo hacía bien, nunca tuve la menor duda. Siempre frondosa, ancha desde la base, suponía la primera estructura de defensa de la casa ante los fuertes vientos del sur.

Debajo de la encina mi abuelo construyó más de un banco. Como quiera que desde allí teníamos buenas vistas, constituía una especie de lugar de descanso oficial. Ir a sentarse —o a tumbarse— bajo su sombra era sinónimo de relajación. Allí, a su alrededor, podíamos jugar con el perro o con los gatos. Y en verano tomar el sol. Recuerdo que sirvió incluso como lugar de recuperación de un tío que pasó una buena época enfermo.

Hoy la encina sigue impasible al paso del tiempo. Mi recuerdo de hace cincuenta años es una imagen calcada a la actual. El mismo porte, la misa seriedad, la misma función. Yo la conocí con algo más de cuarenta años. Ahora enseguida cumplirá los cien. He leído que pueden llegar al milenio. Cómo me gustaría verla en el futuro. Un futuro en el que yo no estaré y en cambio ella…

La imagen es de PhotoLanda en Flickr.

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