De huevos y gallinas

by Julen

A veces ibas a coger los huevos y estaban calientes. Eso quería decir que las gallinas los acababan de poner. Recuerdo con cierto miedo cogerlos en la mano a sabiendas de que era algo frágil. Ellas tenían sus lugares para poner los huevos. Pero de vez en cuando sorprendían y aparecía alguno en el lugar más extraño que pudieras imaginar. Mi abuelo se enfadaba, sobre todo si lo descubríamos demasiado tarde.

Aquellas gallinas también formaban parte de la economía familiar. Solía habeer unas veinte y, según épocas, se empeñaban en poner muchos o pocos huevos. Nunca supe de qué dependía. Lo que sí sé es que nuestra alimentación infantil pasaba por una considerable ingesta de huevos: en tortilla, fritos o cocidos. Las recetas eran muchas y variadas. Creo que todas ellas de mi agrado.

Las gallinas tenían su propia cuadra y era bien fácil de distinguir de las de las vacas y la burra. Siempre estaba más sucia porque no se cortaban a la hora de repartir excrementos. Menos mal que tenían dos dependencias, una dentro y otra fuera. Salían por una pequeña puerta que se cerraba con una placa de metal. Por la noche las recogíamos y una vez que todas estaban dentro, ¡abajo la pequeña puerta! Hasta mañana.

En aquella cuadra convivían con los conejos y las palomas. Pero las reinas de la fiesta eran las gallinas. Ellas y sus huevos no podían faltar. Mi hermana y yo solo entrábamos allí para coger los huevos de los distintos cestos. Claro que a alguno que otro no nos alcanzaba la estatura. Así que nuestra contribución era limitada. Pero sí, todavía recuerdo el calor en la mano de los huevos recién puestos.

Imagen de Pexels en Pixabay.

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