El camarote

by Julen

Nuestra casa, un edificio de dos alturas, tenía arriba un camarote. No era una casa cualquiera; siempre tuvo un cierto aire mítimo. De niño recuerdo escuchar historias sobre cómo la construyeron entre mi abuelo y un hermano suyo que era muy listo. Arriba en el balcón del camarote estaba la placa: 1927. Desde luego que, si algo había en aquella casa de me atraía, era el camarote.

Se accedía por unas escaleras muy empinadas, a la derecha de la entrada principal. No sé por qué, pero tenía el encanto de los sitios prohibidos. Mi hermana y yo necesitábamos permiso para subir. No era, para nada, un lugar habitual al que ir, aunque había momentos concretos del año en los que sabíamos que íbamos a entrar. Por ejemplo, en verano, cuando el camarote se llenaba con los fardos de hierba que alimentarían a los animales en invierno.

El camarote era un lugar fantástico. Su superficie, diáfana al completo, encerraba lo que yo entendía que eran tesoros escondidos por alguna extraña razón. Entre ellos, quizá el mejor era un enorme arcón que contenía antiguas herramientas de carpintería. Vivían allí, ajenas a la vida cotidiana, en una una especie de retiro espiritual. Nunca vi que se usaran para nada. ¿Por qué?

Alguna que otra vez convencíamos a mi abuelo y subíamos allí. Recuerdo leer tebeos, recuerdo dejar pasar el tiempo entre la hierba y algunos sacos que hacían la vez de camastro improvisado. Recuerdo el miedo a que aparecieran sagutxus. Porque el camarote era su casa, la de los sagutxus. Allí arriba el mundo era otro. El lugar en el que durmió un batallón durante la guerra. El lugar prohibido. Incluso, si buscabas bien, podías encontrar las balas que se dejaron olvidadas.

Imagen de Omar González en Pixabay.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.