Cambio de herradura

by Julen

Debía de ser un trabajo especializado porque nunca vi a mi abuelo ponerse manos a la obra. Cuando tocaba herrar a la burra llamaba a un vecino, que era, supongo el especialista. A mí, la verdad, aquel trabajo tampoco me parecía tan complicado. Pero mi mente de niño jugaba con la realidad, no os fiéis mucho de ella. Algo habría en la operación que hizo renunciar a mi abuelo. Él, que tantas cosas sabía hacer.

Pues sí, llegaba un día en que Marcelino se acercaba a nuestra cuadra con el instrumental. No sé si colocar aquellas piezas de hierro en las patas del animal le supondría a la burra sufrimiento. Yo nunca la vi especialmente inquieta por esta cuestión. En general, la operación solía ir según lo previsto. Y si, por lo que fuera, el animal no se comportaba como debía, enseguida llegaban los juramentos de mi abuelo para devolverlo todo a su sitio.

Hoy mismo soy capaz de ver cómo las tenazas recortaban parte de las pezuñas que luego se lijaban. Porque, eso sí, hacía falta herramienta especializada para que todo saliera bien. El animal debía quedarse quieto y aguantar todo el proceso con paciencia. Allí estábamos Marcelino, mi abuelo y yo. Creo que debían de saber que me gustaba ver el trabajo. Lo digo porque es un recuerdo que tengo bastante nítido en mi memoria. Diría que cada vez que había herraje, llamaban al chiquillo para que lo viera.

Con sus zapatos nuevos, la burra enseguida volvía a su mundo. Desde luego que era animal de carga. No había duda alguna de cuál era su papel en la economía familiar. Ella era la encargada del transporte. A sus lomos se encaramban distintos tipos de artilugios en función de la forma y tamaño de lo que debía llevar. Siempre con una cincha apretando su tripa. Así era su vida, no había más vueltas que darle. Cuando tocaba, puesta al día de herraduras.

Imagen de Andrea Schmidt en Pixabay.

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2 comentarios

Josu O. 16/05/2021 - 13:33

Como las cubiertas de la mendiko bizikleta 😉

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Julen 18/05/2021 - 06:46

Bien traída la analogía 🙂

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