La estufa de butano

by Julen

Todavía hoy la veo en la cocina. Es un día entre semana y nos acabamos de levantar de la cama, supongo que después de remolonear un rato. Fuera hace un frío que pela. Es fácil saberlo. Los cristales están empañados y cuando con el dedo haces un hueco para mirar fuera descubres la escarcha sobre la hierba. El rocío de la mañana deja ver el vapor de agua al sol mientras se eleva hacia donde haga menos frío. Tendremos que abrigarnos.

La cocina es el lugar. Allí desayunamos, nos vestimos, nos enfadamos como los niños que somos y nos rebelamos contra las obligaciones escolores. Mi madre, mi hermana y yo. Quizá también con mi abuela recordando siempre que hay que lavarse detrás de las orejas. Mi abuelo andará trabajando en sus cosas. Y en la escena se cuela, por supuesto, la estufa de butano. La veo allí, con su rejilla. Parece un artefacto venido de otro planeta.

Veo las cerillas, escucho la entrada del gas y ¡blump! La estufa se enciende –por paneles– y sus llamas de color azulado comienzan a enrojecer poco a poco para pelear contra el frío. Sobre la rejilla descansa nuestra ropa interior. Todavía en pijama, el desayuno es una pequeña pelea contra el sueño y la apatía de esas primeras horas del día. La estufa, según nuestras quejas con el frío, se acerca más y más. Ojo, no te arrimes tanto.

Estoy seguro, no obstante, de que este ingenio da cierto miedo. El butano es malo, siempre lo ha sido. El butano no forma parte del universo de objetos asimilados en nuestro hogar. La estufa, eso sí, permite dulcificarlo en cierta manera, pero nunca hay confianza alguna. Sin embargo, esta estufa nos acompaña en la infancia. Forma parte de las mañanas de invierno. La cocina se convierte entonces en ese lugar íntimo en el que comenzar el día. ¡Blump!

Imagen de piviso en Pixabay.

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