Caracoles

by Julen

Todavía hoy es el día que sigo sin probarlos. En casa colgaban de una higuera, metidos en un saco. De vez en cuando, cuando llovía, era fácil hacer cosecha. Poco a poco iban entrando en aquel saco, a puñados. La lluvía marcaba la temporada de caza. Hasta que un día mi madre decía basta. Y a la olla después de limpiarlos. Siempre con aquella salsa de tomate y no sé cuántas cosas más. El día que había caracoles era todo un espectáculo. Yo, muy tiquismiquis, me quedaba al margen.

Los caracoles formaban parte de esa otra fauna con la que convivíamos. Igual que sus primos, los limacos, o como los grillos, las lombrices de tierra o incluso los enánagos. Claro que los caracoles, como no echaban a correr, podían ser objeto de observación con más detalle. Te quedabas quieto y el caracol empezaba a moverse. Esperabas a que sacara sus tentáculos y luego, o bien lo dejabas en paz, o le hacías pequeñas perrerías para que al sentir el toque con uno de mis dedos, replegara sus antenas de inmediato. Será cabrón el niño.

Eran simpáticos los caracoles. Supongo que ellos no pensarían lo mismo de nosotros, porque de vez en cuando iban al saco que colgaba de la higuera. Aquella era su prisión particular. Quizá un poco cruel porque suponía condena a muerte segura. Si entraban allí, su destino estaba escrito. Claro que en aquella situación nunca pensé como lo hago ahora. Los caracoles se comían. Punto. Nada que discutir.

Siempre me pregunté por qué no comíamos limacos. A fin de cuentas, a mí me parecían bichos casi idénticos. Unos con caparazón y otros a pecho descubierto. Los dos iban dejando rastro con sus babas. ¿Cuál era la diferencia desde el punto de vista culinario? Quizá sin palillo y chuperreteo no podía ser lo mismo. Un caracol exigía técnica para extraerle la carne y siempre llevaba detrás el ruido de la succión. Pero eso eran palabras mayores para mí. Nunca pude con ellos.

Imagen de Capri23auto en Pixabay.

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7 comentarios

Sergio 18/04/2021 - 12:34

Hará unos sesenta años que mis abuelos maternos se trasladaron desde su Almería natal a un pequeño pueblo en el sur de Francia entre Toulouse y Carcasona, donde permanecieron trabajando para una familia adinerada durante más de 15 años.
Mi madre era muy joven y pasó toda su niñez y adolescencia allí.
Siempre ha tenido debilidad por los caracoles. Y por el arte culinario de su madre. jamás ha tolerado otras manos, además de las propias, para prepararlos.
Recuerdo cuando tenía 8 o 9 años y la lluvia venía acompañada de la necesidad de salir a por caracoles. Salíamos ella y yo y hacíamos una buena batida por todo el entorno del colegio al que asistía, zonas verdes y abiertas reconvertidas hoy en un inmenso barrio residencial. Y me los comía, y me encantaban.
Y con la inocencia de esa edad se fueron los caracoles. No he vuelto a probarlos, desde hace 30 años.
Pero un día me atreveré de nuevo.
Qué recuerdos. Gracias Julen.

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Julen 19/04/2021 - 07:59

Estas cosas de la infancia, Sergio, se quedan a veces a vivir con nosotros mucho tiempo. Yo doy la batalla por perdida. Le dejo los caracoles a mi madre y a mi hermana, que sé que los disfrutarán. Gracias por compartir esa pequeña parte de historia personal. Un abrazo.

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Amalio Rey 18/04/2021 - 15:38

Jajaja.. me ha gustado tu dominical, y me han dado unas ganas tremendas de zamparme un plato de caracoles. Hace mucho tiempo q no los como. Mi recuerdo es de pedirlos siempre en un garito en el rastro de Madrid.

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Julen 19/04/2021 - 08:00

En mi casa el asunto no tiene discusión: los caracoles no se comen fuera, se cocinan y consumen en nuestros fogones jejeje.

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Juan Manuel Muñoz 18/04/2021 - 22:24

Yo también sigo sin probarlos

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Julen 19/04/2021 - 08:00

Algo nos debemos de estar perdiendo, según dicen… 😉

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Germán 19/04/2021 - 10:19

A mi me has traido al recuerdo a mi abuela Juanita, limpiando caracoles en diciembre con un palito de lauerel para la cena de navidad. Uno a uno, con tanto amor como si limpiara los mocos a alguno de sus nietos.
Luego lo bueno de los caracoles estaba en la salsa, con nueces y jamón. Como producto gastronómico en sí, poca cosa. Imagino que estarán en el recuerdo subconsciente colectivo porque era comida disponible en tiempos de hambre.
Y lo mismo que comentas, no entiendo la discrimincación con los pobres limacos, si casi tienen más «chicha», jeje.

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