La cueva de las palabras

by Julen

Tengo claro que lo hago para mí mismo. No puede haber otra explicación. Porque tantas veces delante del teclado con la intención de hilvanar textos no es algo que uno haga si no le sirviera. Otra cosa es concretar una razón. No creo que la haya. Cada cual tiene que encontrar esa actividad con la que consigue cierta paz interior. Pasamos solo una vez por aquí y conviene hallar alguna escapatoria.

A veces cuesta encontrar de qué escribir o dar con el tono adecuado. También, claro, a fuerza de repetición uno se vuelve previsible. Las fobias y filias se van haciendo más que evidentes. Las primeras frases me delatan. Las obsesiones salen de sus cuevas y comienzan a compartir espacio abierto. Ahí están, fieles a su cita. Los textos comienzan a apoderarse de uno. Ellos dicen de quien escribe, no hay duda.

Otro asunto es la repetición. Hay palabras que se saben ganadoras. Reflejan mejor que otras lo que pretendo expresar. Al margen de con cuáles otras se combinen, se han convertido en ingredientes fijos de la pócima. Porque esto tiene parte de conjuro, de elixir mágico en busca de una sanación que nunca acaba de llegar del todo. La inquietud siempre está ahí, simplemente porque forma parte de la escena. No hay manera de que se haga a un lado.

Llego al final. Nunca es bastante, pero el límite necesariamente es autoimpuesto. El texto se sabe preso de una extensión determinada. Es el precio a pagar para salir ahí fuera. Al terminar, las palabras vuelven a su cueva. Unas con otras, se agrupan, pero ya sin orden aparente. Se amontonan y pierden sentido. Hasta la próxima vez. Saben que las necesito. Las palabras se hacen letras. Las letras, entonces, tienen que esperar su turno.

Imagen de Michael Schwarzenberger en Pixabay.

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