Caminos

by Julen

Antes que asfalto hubo caminos. Lugares de paso mantenidos simplemente por el hecho de andarlos. No había mejor manera de asegurar su utilidad: se trataba tan solo de caminar. El tiempo, caprichoso él, fue trayendo venturas y desventuras. Y no se sabe muy bien por qué, hubo lugares que se desploblaron. Cosas de la economía contemporánea, incomprensible las más de las veces a los ojos de una persona de a pie. El caso es que los caminos comenzaron a desaparecer.

El ciclo de la vida natural se impuso. Al invierno siguió la primavera, año tras año, con una insistencia lógica. Nada que no supiéramos que iba a pasar. Las primaveras, cada una de ellas a su manera, se encargaron de rellenar lo que los humanos abandonaron. Los caminos desaparecían. No usarlos trajo una consecuencia que todos conocíamos. Fue el fin.

Ha pasado el tiempo y la memoria, menos mal, sigue presente. Más o menos escondidos, los recuerdos terminan por aflorar. Una conversación con alguna de las personas mayores, alejadas del ajetreo del presente, sirvió para devolver el pasado a la escena. Aquel pasado de alguna forma nunca renunció a retornar. Los caminos dejaron su huella en el terreno y aunque las primaveras y los inviernos hicieron su trabajo, la memoria perduró.

Ahora aquellos caminos se catalogan. Se investiga, se pregunta, se hurga en aquellas viejas costumbres. ¿De dónde venía?, ¿por dónde pasaba? De repente reviven como vasos comunicantes de otra manera de entender el progreso, más humilde y cercano. Los caminos nos necesitan. No piden otra cosa que no sea andarlos. Así de sencillo. La cohesión social se camina. También.

Imagen de holgerheinze0 en Pixabay.

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