Enero de 1948

by Julen

Días, uno tras otro, ordenados por una mano oculta, dispuestos en filas y columnas. Números, cada cual en su sitio. Desde hace ni se sabe cuánto tiempo. Sí, perdón, enero de 1948. Todo parece quedar contenido en una secuencia preestablecida. No hay nada extraño en la imagen. Pero es una falsa sensación de control. Por debajo de esa disposición uniforme, cada número encierra secretos insondables. Cada número.

La calma aparente se convierte en una argucia del destino para engañarte una y otra vez. La cadencia y el ritmo saltan por los aires sin que puedas hacer nada. Las rutinas te encarcelan y no te proporcionan consuelo alguno. Aunque el calendario sigue ahí sobre la mesa, frente a ti, sabes que nada va a volver a ser como antes. Los días se rebelan y aparece el lado salvaje de la incertidumbre.

Llegan decisiones. A veces difíciles de entender, a veces contradictorias; pero son decisiones. Sirven para que te revuelques otras vez en la ciénaga del orden. Se dibujan límites, se imponen normas. Suenan las sirenas. Abajo en la calle algo extraño sucede. El tiempo se comprime en ciertas franjas. Las máquinas no se contagian; los humanos vivimos (y morimos) de ello. Mañana, como ayer, otra cifra en el calendario. El mismo gesto.

El calendario no engaña. Eres tú la que lo retuerce y se salta las normas de la lógica. Tu interpretación del tiempo lo pone todo patas arriba. Las horas, en apariencia las mismas; los días, tan parecidos en su representación ahí en el papel. Miras otra vez al calendario y segues perdida. No llegas a entender por qué el calendario ha huido. Se fue con la pandemia. Quedaron los días, pero huecos. Las rutinas vencieron. El tiempo se fue por el sumidero. Desde enero de 1948.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.