La jubilación

by Julen

Un día descubres que forma parte de la conversación. Piensas en quién eres y en el camino hasta llegar al lugar en el que estás. Casi sin querer se te dibuja una sonrisa en los labios. Has tenido suerte. Suerte relativa, pero no puedes decir que el viaje no haya merecido la pena. Todavía insistes en mirar al pulsómetro y juegas contigo mismo a esquivar el presente: los datos, curioso invento de los tiempos modernos, aparecen en tu rescate.

Pero no será por mucho tiempo. Porque de nuevo los datos te proporcionarán la prueba definitiva. Podrás aceptarlos o no. Va en nuestra naturaleza: somos auténticos forofos del sesgo de confirmación. La realidad es lo que proyecto; no hay nada ahí fuera que no sea lo que yo quiero que sea. Así que reúno las fuerzas que me interesan y encuentro la respuesta. Sigo dándome la razón.

El calendario, por supuesto, sigue su curso. No sabe de flujos ni relatividades, no entiende de percepciones. No hacen falta hojas de papel que caen una detrás de otra. Ya no es así como sabemos que el tiempo transcurre. Ahora nos lo recuerdan los telediarios: el futuro se tiñe de oscuro. Somos muchas las personas que vamos a alcanzar una edad en la que teóricamente esperamos que nos devuelvan lo que aportamos. Justicia, piden. Justicia, pedimos.

Mientras, siempre me imagino huyendo. Las multitudes me asustan y prefiero las vías alternativas. Ante dos caminos, el menos trillado. No por dejar mi huella sino por simple convicción. No me veo con las fuerzas de cambiar a estas alturas de partido. Imagino un lugar en el que siento que vuelvo a ser quien quiero ser. Más despacio, más callado, más pensativo. Es un lugar que no puedo evitar.

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