La calle vacía

by Julen

La calle, inmensa y desierta, se alarga dibujada por las palmeras. Cada poco tiempo una señal de tráfico y una intersección con otra calle perpendicular. El dibujo se repite tantas veces como la vista es capaz de distinguir los tramos. Nadie en ninguna de sus dos aceras, tan iguales como silentes. La calle bosteza y deja que la tarde la haga languidecer.

Buena parte del año vive de esta forma, escondida, alejada de cualquier ajetreo. Sabe que un par de meses años la escena será bien diferente. Pero ya ha acostumbrado a sus palmeras y a sus aceras. Todas han pasado por la misma mutación. Por eso, ahora que aún no han llegado los veraneantes, remolonea y se deja mecer por la suave brisa de levante. Ya llegarán otros tiempos de estrés y griterío

Uno puede detenerse frente a ella, al comienzo, y tomar conciencia de la situación. La calle está dibujada bajo tiralíneas, bajo el yugo de algún urbanista todopoderoso que decidió sobre el destino. Paralela al mar y a la gran avenida, esa calle estaban condenada desde el principio. Soledad y silencio excepto los meses de verano. El nombre fue lo de menos. Podría haber sido una calle asociada a un número o una letra, una calle sin más identidad que la que proviene de su vacío.

El asfalto calla y guarda el secreto. Cómplice de su entorno, llegó allí hace ya algún tiempo y enseguida se dio cuenta de que no era mal lugar para vivir. Así que, tras dejar que la pintura demarcara zonas, se quedó en segundo plano: oír, ver y callar. Las palmeras también todo lo saben, pero el pacto es el pacto. Nadie sabe nada de lo que un día pasó allí. Ni nadie lo sabrá.

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